Alberto Núñez Seoane

De la generosidad

Tierra de nadie

03 de junio 2024 - 03:30

Jerez/SI recurrimos al diccionario de nuestra lengua, magnífica e incomparable, veremos que por “generosidad” se entiende “el hábito de dar o compartir con los demás sin esperar recibir nada a cambio”, ¡ahí es nada!

No es que nuestra especie se haya nunca distinguido, en términos generales “hablamos”, por esta actitud muy próxima, y relacionada, con la virtud de la caridad; no obstante, en los tiempos en los que ahora corremos, como pollos sin cabeza -hay quien la lleva bajo el brazo, la han olvidado algunos y la han perdido otros-, dar con este hábito entre los humanos es como aquello de encontrar una aguja en el pajar; buscar podemos buscarla, pero hallarla … eso, queridos lectores, es harina de otro costal.

Y no se trata ya de encontrar “generosidad”, o vestigios de ella, ¡aunque por pedir que no quede!, si no, al menos de vivir entre gentes que lo hagan en lo opuesto a la avaricia, lejanas al egoísmo o distanciadas de la vulgar tacañería, a menudo oculta bajo máscara de hipocresía.

Para no tener que detallarlo en cada una de las alusiones que vamos haciendo, diremos que nos referiremos a generalidades -aunque, por su misma esencia, no puedan ser exactas, delatan la actitud que determina las comunidades que los humanos formamos-; que siempre hay excepciones que, por desgracia, confirman la regla; que, por encima de los bienes materiales nos ocupamos ahora de lo intangible, los “bienes” que atañen a las almas; y que no “hablaremos” de la gradación o de los niveles de la iniquidad que nos ocupa, si no de su incontestable implantación y creciente presencia en el comportamiento de las masas que condicionan la vida de todos: de ellas y, en más o en menos, de los que huimos de ellas, también.

Compartir, ya de por sí, no es costumbre arraigada en estos días en los que se imponen el “yo”, “mi”, “me”, “conmigo” y “para mí”; si muy difícil encontrar personas dispuestas, con sinceridad, por propia iniciativa y sin circunstancia alguna que los condicione, a hacerte partícipe de lo que quiera que sea que suscite interés, provecho o ganancia para ellos, en el terreno de lo casi imposible estará quien haga esto sin esperar recibir nada a cambio; si lo piensan, un poco en profundidad, parece que estuviéramos escribiendo el guion para una mala película de ciencia ficción.

Al siempre bienvenido y deseable progreso, se le ha adherido una terrible rémora que lo parasita, adultera y envilece. Este malentendido “progreso”, puesto que no es tal, ha ido tergiversando valores y desnaturalizando principios, engañando a quien, bien se ha querido dejar engañar, bien, por pura necedad, ha comulgado con las monstruosas ruedas de molino que le han ofrecido, creyendo, si pensar, que eran cosa bien distinta a lo que, cualquiera, hasta el más majadero, por evidencia y con un esfuerzo mínimo, hubiera podido saber de lo que en realidad se trataba.

Bajo este “progreso”, inicuo y envenenado, buscan “amparo y refugio” la ralea de siempre, el lastre que muerde la mano que le alimenta, la recua que se toma el brazo si le das la mano, los “listos” que nunca lo fueron pero si reunieron la mezquindad suficiente para, chupar la sangre a incautos y confiados, a pusilánimes, lerdos o despistados. Ha sido este falso progreso, ponzoñoso y protervo, el que ha dado patente de corso a quien se la ha mendigado, huyendo de compromisos y deberes, perdonando deudas, absolviendo traiciones, condonando infamias, permutando degradaciones, indultando culpas o eximiendo responsabilidades; pero no se puede caminar así por la vida, no por una que valga la pena vivir. Nadie que, como debe ser, defienda y apueste por el progreso, bien entendido, no puede refugiar sus carencias ni debilidades en el “progreso” tras el que tratan de disimular sus ruines bajezas los mediocres, mezquinos o miserables de turno.

Como ya hemos manifestado, compartir, dar, no lo que nos sobra o no nos importa, si no lo que valoramos y queremos, es difícil; hacerlo sin esperar nada a cambio, mucho más difícil todavía; parece que nos viniera “de nacimiento”, incluido en el paquete que conforma la condición humana. Sin embargo, la experiencia nos muestra como quien da, sabe más de lo feliz que quien no lo hace, y además recibe, aunque no lo espere ni lo busque ni lo quiera. Y ocurre que lo que “recibe” nada tiene que ver con lo material, si no con la satisfacción de haber contribuido a que alguien se sienta feliz, o al menos, mejor de como estaba.

Otro gallo cantaría si antes de abdicar la esperanza en la especie que nos determina, cambiásemos por un poco de generosidad el tremendo egoísmo que nos consume.

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