Ese día había quedado por la noche en la taberna de El Tigre, en Umbrete, con dos amigos, conocidos y reconocidos novelistas, con la idea de hablar de lo divino y de lo humano sentados alrededor de una mesa camilla, al amparo de unas copas de mosto de la tierra. Por la mañana, los diarios se habían hecho eco de una noticia: "El Papa ha decidido cerrar las puertas del limbo y dejar a los que allí estaban en manos de la misericordia de Dios". Cuando yo estudiaba se decía el limbo de los justos y, con cierta ironía, comenté a mis amigos que tal vez su cierre se habría debido a la falta de candidatos a habitarlo por la escasez de hombres justos.

Uno de mis contertulios comentó que horas antes había recibido la llamada desde su pueblo de una tía suya muy mayor que había tenido un hijo que murió a los dos días sin bautizar y que, según le dijo en su día el párroco, estaba en el limbo. ¿A dónde iría ahora? Mi amigo y sobrino suyo, en un alarde de agilidad mental, le contestó que Benedicto XVI había dicho que todos los que estaban en el limbo, fueran directamente al cielo. Su octogenaria tía, descansó y fue feliz el resto de sus días tras conocer el destino final de su añorado hijo.

Los teólogos no niegan rotundamente la existencia del limbo, sino que no lo contemplan como dogma de fe. Es decir, se puede creer o no en él. Yo, después de lo visto y oído en los tres últimos meses soy limbocreyente. Llevamos cien días habitando en él. Los informativos nos han mostrado unos hospitales en los que los sanitarios bailan, los músicos dan conciertos gratis desde los balcones, los niños han disfrutado jugando en casa sin tener que asistir al colegio, las calles han estado silenciosas y limpias, los cielos han sido más azules por la disminución de la contaminación y se han prometido subvenciones, ayudas sociales y rentas mínimas para todos. Pocos han visto ataúdes, entierros o cosas similares. ¡Qué necesidad había de ello!

Ahora se prepara nuestro paso directamente al cielo. Nuestra sanidad es la mejor del mundo, España incluida, nuestros mandamases han sido auténticos héroes que han estado velando por nosotros y nuestra sociedad se lo merece por haber tenido en su mayor parte un comportamiento ejemplar, usando mascarillas cuando eran consideradas imprescindibles y no usándolas cuando se decía que no servían para nada. Pronto veremos una beatificación colectiva.

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