La campaña de Madrid está generando un jaleo que apenas nos deja pensar. Razón de más para pensar. Una prueba de que nos hace falta es que los intelectuales se han aprestado a aportar su granito de arena (o a apretar con el manifiesto que les ha parecido mejor). Como acostumbra, la postura de Fernando Savater, por razonada y valiente, destaca. Confiesa que, aunque nunca votó al PP, le basta mirar el estado actual de la democracia española para decidirse por Díaz Ayuso.

Lo que dice Savater no voy a saber decirlo yo mejor ni igual. Así que, si gustan, le pueden leer la columna. Yo quería decir lo que no dice, pero está entre líneas. Que es que Vox no da miedo al sagaz filósofo socialdemócrata. Nadie ignora que si Ayuso logra gobernar es muy probable que tenga hacerlo con un pacto con Rocío Monasterio. Eso no lo dice Savater explícitamente porque, como persona inteligente, confía en las dotes deductivas de sus lectores. Conociendo su pensamiento, es evidente que no le gustará Vox, pero no lo suficiente como para preferir a Pablo Iglesias en el gobierno de Madrid, manejando a Gabilondo. Aunque implícito, pocos rechazos a la equidistancia se han visto tan contundentes.

Si Savater no lo dice, ¿por qué yo? Porque me parece que eso que no dice tiene una enorme importancia. De fondo y estratégica. Estamos hablando de uno de los pensadores de izquierdas que tiene mejor ganado su prestigio como analista político con un gran compromiso ético a sus espaldas.

De fondo implica que hay rivales ideológicos que asumen que Vox es una fuerza conservadora popular, con un discurso nacional, pero siempre dentro de la Constitución y respetando las reglas. Como no les entusiasma (muy legítimamente), tampoco le dan cancha, y preferirían una mayoría absoluta de un PP más o menos socialdemócrata, como es lógico. Pero que no tienen nada que temer, se deduce fácil.

Estratégicamente esto tiene también mucha importancia. La jugada de Pablo Iglesias y de Pedro Sánchez, tanto monta el lío, lo monta tanto Pedro como Pablo, es asustar al electorado de izquierdas con el grito "¡Que viene Vox, que viene Vox!". Han renunciado (y se comprende) a ilusionar a nadie. Pero si Savater tiene razón (que es muy probable que la tenga) y si su razón es compartida por una porción de personas de izquierdas (lo que no sabemos aún) a Pablo y a Pedro les puede pasar que con el miedo no movilicen más que su ridículo.

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