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La Crestería

Manuel Sotelino

Difuntos y cofradías

LA jornada de ayer sábado sirvió para que todo el pueblo cristiano recordara a sus más allegados fieles difuntos. Aquellos que ya disfrutan del descanso eterno y que nos dejaron una profunda huella en esta vida mortal en la que estamos.

Si en la gran solemnidad del día de Todos los Santos la Iglesia recuerda a todos aquellos que murieron en santidad y que lo hicieron de forma anónima o sin constancia como para un reconocimiento del Pueblo de Dios, en la festividad de ayer se trataba de recordar a nuestros seres queridos difuntos. Fieles todos ellos que murieron con la esperanza puesta en una nueva vida.

Las cofradías siempre han cuidado con esmero esta festividad. El origen de nuestras corporaciones penitenciales se sitúa en la asistencia a los necesitados a través de hospitales o el entierro digno de todos aquellos que pasaban a la otra vida.

Por tanto, la manifestación de Fe llevada a cabo en muchas hermandades entronca directamente con el origen de las mismas. Dar culto a sus difuntos y acompañar a los familiares cuando llega la siempre inesperada hora de la muerte.

La muerte en nuestra sociedad actual parece estar situada en un estadio oculto para no tener que relacionarnos con ella. Es como la huida del avestruz que esconde la cabeza pensando que, con este postura, quedara a salvo. De ahí que la veamos apartada de las ciudades, en los tanatorios. Así también los antiguos cortejos fúnebres han desaparecido así como los velatorios en los domicilios particulares.

Las hermandades y las cofradías, afortunadamente, miran todavía a la muerte de frente. No la esquivan. Por tanto, somos conscientes de que llegará nuestra hora tarde o temprano. Sin duda que se trata de una de las festividades con más vigor en las cofradías. Porque nos lleva a nuestros orígenes y porque todos esperamos algún día contar con la compañía de nuestros hermanos cuando llegue la hora.

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