Habladurías

Fernando Taboada

Otra paga extra

SIEMPRE que se avecinan elecciones me acuerdo de aquel personaje de la tele. Se hacía llamar El Conseguidor y tenía un aspecto a medio camino entre Superman y Cantinflas, con algo de Jaimito. Un mamarracho, vaya. Y no me acuerdo de él porque los candidatos tengan aspecto de mamarracho (Dios me libre, con lo elegantes que van todos, que hasta parecen artistas de cine.) Si me acuerdo de El Conseguidor es porque su misión en el programa dominical donde salía -ni que decir tiene, presentado por Íñigo- consistía en satisfacer caprichos de los espectadores. Alguien del público confesaba que su sueño en esta vida era tener un disco del Pequeño Ruiseñor firmado por el propio Joselito. Pues nada, antes de acabar el programa se obraba el milagro y se le hacía entrega de un ejemplar de Campanera con dedicatoria y todo. Otro pedía la colección completa del Capitán Trueno y hala, dicho y hecho, allá que aparecía El Conseguidor con una pila de tebeos arrancando los aplausos del respetable. Menudo era.

Salvando las distancias, las campañas electorales responden al mismo esquema. Los candidatos investigan los antojos del público, buscan en su chistera de duende y disputan por ver quién da más. Pero hay un problema: cada votante es de su padre y de su madre y resulta terriblemente difícil satisfacer tantos caprichos distintos con un mismo programa electoral. A este de aquí le gustan los coches de carreras, a aquella lo que le vendría bien es un empleo estable, a fulano le pirran los bizcochos de soletilla, mientras que a su vecino le encantaría que el tren pasara por la puerta de su casa.

Así no hay quien ponga orden. De ahí que el partido que nos gobierna haya optado por una solución personalizada. Ha prometido que, si la soberanía popular vuelve a confiarle el poder, dará a los contribuyentes una suma de dinero contante y sonante (cuatrocientos euros) para que cada cual los gaste como quiera. Se va acabando así con el viejo modelo de estado del bienestar, que en un momento dado gastaba el dinero de todos en hacer una carretera para ir de Medina Sidonia a Benalup sin tener en cuenta que a lo mejor a usted no se le había perdido nada ni en Benalup ni en Medina. Si no les daba por construir un hospital, pasando por alto que hay mucha gente con una salud de hierro que no necesita tanta inversión pública en Sanidad.

¿Pues no será mejor repartir el dinero y que la gente lo administre a su aire? ¿Para qué gastar tanto en Educación y en Asuntos Sociales, cuando esos fondos, bien repartidos, pueden servirle a usted para pasar un fin de semana de lujo en Marbella?

Ya lo dijo Luis Sánchez Polack, cuando se vio en el trance de hacer un regalo al Rey:

-Majestad, como yo sé que usted tiene de todo, tome y cómprese lo que le plazca.

Y le dio un billete de quinientas pesetas.

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