El otro día le preguntaron al Papa que cuándo vendrá a España y dijo que cuando haya paz. No sé si porque en ese momento dio por terminada su charla con los periodistas que cubrían su visita a Marruecos o porque los dejó a todos de piedra, no ha trascendido que aportara ningún detalle más al respecto. Aunque tras ver el domingo la entrevista que le hizo Jordi Évole me incluyo entre los que han puesto en cuarentena alguna de las convicciones que tenía sobre la figura de Francisco -no tanto por lo que dijo, sino más bien por el montaje de su comparecencia televisiva-, la enigmática frase es para ponerse a pensar. No la ha dicho cualquiera, sino el máximo representante de la Iglesia católica y el jefe de una de las diplomacias más finas y mejor informadas del mundo, por los siglos de los siglos.

Descartado que el Papa se estuviera refiriendo a Susana Díaz y a Pedro Sánchez o que confundiera a España con otro país, hay que deducir que su alarma provenía de las noticias que le puedan llegar sobre la crisis catalana o la sempiterna inestabilidad política en la que nos hemos metidos. A alguien que vive en Italia y que además es argentino esto último debe llamarle poco o nada la atención. Más bien debe pensar que Madrid es una balsa de aceite. Así las cosas, es obligado hacerse por lo menos dos preguntas. La primera es qué nivel de información tienen en el Vaticano sobre lo que sucede en nuestro país y cómo se analiza en la Santa Sede esa información y, la segunda, más preocupante, es qué imagen estamos dando al mundo. Un país es relevante en la comunidad internacional en la medida que es capaz de transmitir solidez y solvencia. Y España, que en las últimas décadas, tanto con gobiernos socialistas como populares, había ganado prestigio en el mundo, parece que lo está perdiendo.

Lo pierde no solo en declaraciones importantes, aunque confusas, como la del Papa. También en episodios más o menos chuscos, como la entrevista a Borrell hace una semana en una televisión alemana. España no sabe contrarrestar la propaganda en contra que se les está haciendo desde el separatismo catalán y desde otras trincheras. No es un problema menor y el Gobierno de Sánchez o el que salga de las elecciones debería tomárselo en serio. Que un indocumentado diga en Alemania que Forcadell es una ancianita presa sin motivo en una fría mazmorra es para preocuparse, pero que el Papa proclame no va a venir hasta que haya paz en España es para preguntarse qué es lo que estamos haciendo con nuestro país.

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