La esquina

josé / aguilar

El problema es para Artur Mas

QUE la Diada iba a ser una manifestación multitudinaria en favor del referéndum pro independencia catalana había que darlo por descontado. Los convocantes, la Asamblea Nacional de Cataluña, ya tienen redactada una llamada Declaración de Septiembre -con fecha de mañana, día 13- en la que se felicitan por adelantado del éxito obtenido y avanzan los pasos a seguir.

Pasos igualmente previsibles: digan lo que digan el Gobierno y el Tribunal Constitucional -ya se sabe lo que van a decir-, la consulta se celebrará el 9 de noviembre, sí o sí. Si no puede celebrarse "en el marco constitucional", el pueblo catalán a través de sus legítimos representantes deberán celebrar esta consulta "en el marco de la legalidad catalana". Es decir, acogido a la ley de consultas que el Parlament aprobará en los próximos días.

Aquí es donde los caminos de los soberanistas amenazan con bifurcarse sin remedio. Mientras que la propia Asamblea Nacional y su principal beneficiario político (Esquerra Republicana de Catalunya) son partidarios de llegar hasta el final, en lógica consecuencia con el proceso que han desencadenado, sacar las urnas a la calle y que salga el sol por Antequera, Artur Mas todavía se plantea qué hacer.

Un día confirma su firme voluntad de convocar el referéndum y al día siguiente razona que no se puede celebrar si no es dentro de la legalidad. Por la mañana considera irrenunciable que los catalanes sean llamados a decidir su futuro (¿qué hay de malo en que la gente vote?, dice el tío) y por la tarde se pregunta de qué vale pronunciarse en favor de la independencia si ningún Estado la reconoce. En público postula que la consulta es irrenunciable y en privado le confiesa a Pedro Sánchez que si no la dejan hacerla va a tener que disolver el Parlament -otra vez- y convocar elecciones anticipadas, y plebiscitarias.

Elecciones que ya sabe que no ganará. De modo que en cuanto Mas saque adelante la ley de consultas y firme el decreto convocando el referéndum del 9-N Mariano Rajoy tendrá un problema, pero él tendrá un problemón. Se subió a lomos de un tigre, puso a su entero servicio todo el aparato de la Generalitat, los recursos educativos y los medios de comunicación públicos, y ahora que el animal corre a su aire, desbocado y feroz, no tiene claro si apearse o compartir su suerte en la confrontación con España. Es rehén de sí mismo, de su pequeña estatura moral, cívica y política.

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