Manuel Naranjo / Loreto

El roneo de Marchena

El café cantante

LA semana pasada hablé de las verdades absolutas del flamenco y de la transversalidad en el proceso creativo de un intérprete. Hoy vamos a hablar de un artista que podría situarse dentro de estos dos perfiles. En torno a la figura de Pepe Marchena se ha dicho muchas cosas y no precisamente buenas, la ortodoxia más reaccionaria lo tomó como el icono de un flamenco que nunca debió ser, un flamenco que se desnaturalizó en beneficio de la Ópera Flamenca y que se convirtió en un mal endémico que arrastró al género a turbulentas aguas, donde lo facilón, sensiblero y a veces pacato, cubrió un marco temporal de la historia reciente de nuestro flamenco.

Mucho se habla de las figuras de este pseudo género, entre ellos, El Niño de Marchena, como agentes causales del eclipse que sufren algunos artistas y un buen número de palos en esa etapa. Por desgracia la figura de Pepe Marchena nunca fue bien ponderada, auque a él personalmente poco le importaba, no se sabe a ciencia cierta si lo que fastidiaba era su calidad como intérprete o sus maneras de vestir el arte flamenco, Marchena roneaba a más no poder y eso nunca se lo perdonaron, ya se sabe que dotó al flamenco de una estética barroca, sus trajes, sus sombreros, dicen sus biógrafos que si por el hubiese sido habría vestido de levita a su guitarrista. Al margen de estas valoraciones contractuales sería oportuno desviar nuestra atención hacia otros aspectos de alto valor testimonial. La Ópera Flamenca llega a su más alta expresión después de la contienda civil, porque la sociedad de entonces reclamaba un género más dulce, menos desgarrador, donde las historias no fueras retales, el público de los años cuarenta demandaba una narrativa llena de lirismo, el que le dio Marchena y posteriormente Caracol y Lola Flores o Valderrama.

Bueno sería reconsiderar obra de José Tejada, es decir, desposeyéndola de esa orfebrería inútil como la inventarse nombres para algunos estilos, al margen de estas ingenuas atribuciones, no está de más formular nuevas lecturas de sus cantes por tarantas, granaínas o malagueñas sin menoscabo de cantes como la caña, seguiriyas o soleares. El tiempo, justo e implacable pone a cada uno en su lugar.

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