La columna

Bernardo Palomo

La sensibilidad de los mediocres

Desde que estuve en Cádiz me hice seguidor fiel de su Carnaval; credo que profeso con entusiasmo desde entonces y que cada febrero se convierte en asunto de obligado cumplimiento. Cada noche escucho las retransmisiones que de las coplas se realizan desde el Falla y me río con las imposibles ocurrencias que las agrupaciones manifiestan. Creo que con el tiempo he ido sabiendo distinguir formas -tuve un buen aprendizaje con mis alumnos chirigoteros durante mis cuatro años gaditanos-; también he ido seleccionando y desechando las manifiestas y cansinas cursilerías de algunas, comparsas sobre todo, de letras casposas, poco afortunadas y sensibleras, donde la idolatría hacia lo gaditano es demasiado abrumador. He ido, asimismo, sabiendo de los entresijos que se cuecen dentro de ese universo extraño, que ha traspasado los límites geográficos de una ciudad y que, ahora, muchos se empeñan en imitar, con desigual suerte y con patentes desajustes -o, mejor, desafinos-. Y aquí viene lo más desalentador y que, desgraciadamente, se está haciendo demasiado palpable y poco edificante: agrupaciones venidas de otros lugares ajenos a la propia ciudad de Cádiz -quizás por culpa de los propios gaditanos que antes lo habían fomentado-, buscan el aplauso fácil metiéndose con Jerez y los jerezanos. Todavía no comprendo muy bien qué tiene una comparsa de Córdoba, de Marbella, de Punta Umbría o de Sanlúcar, por poner algún ejemplo, contra Jerez y su gente. Si las copias nunca tuvieron buenos fundamentos, lo que se ofrece, en este sentido, desde las tablas del Gran Teatro gaditano para denostar a nuestra ciudad, deja de ser patético para convertirse en burdo y deleznable. Claro que con eso sólo se fomenta la sensibilidad de los mediocres imbéciles. Y esos poco tienen que ver con Cádiz y su Carnaval.

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