Fernando Taboada

Un sindicato de putas

Puede haberlos de taxistas, de empleados de banca y del metal. Pero sindicatos de putas no. ¿Será que ya no hay putas? ¿Será que, habiéndolas, trabajan en unas condiciones envidiables? No parece que vayan por ahí los tiros. ¿Entonces qué pasa? Pues no se legaliza semejante sindicato porque sería como dar legitimidad a un oficio mucho más antiguo que el de los controladores aéreos pero que -a diferencia de los controladores, que sí que tienen su sindicato- por el momento no parece que vaya a regirse por un estatuto como el de los demás trabajadores, sino que va a permanecer en ese limbo administrativo en el que lleva siglos instalado.

Como detalló Magdalena Trillo en un artículo estupendo hay 1600 burdeles reconocidos en España y alrededor de cien mil prostitutas. Y cuando un oficio así (que se ejerce en locales bien visibles y en casas particulares, en los parques y en los hoteles de lujo) ha pretendido dar un paso hacia la normalización intentando legalizarse, ¿qué se ha encontrado? Con la oposición de un Gobierno cuyo presidente, sin darle más vueltas, ha hablado directamente de abolirla, idea tan brillante como la de quien entendió que, para acabar con los problemas asociados al alcoholismo, lo mejor sería aprobar la Ley Seca.

Pero estas cosas suelen ocurrir: tras un ciclo de libertades descocadas, como fue la Transición, sobreviene otro de apreturas morales, así que hemos pasado de sacar por la tele y en horario infantil aLas Vulpess cantando Me gusta ser una zorra a querer aniquilar la prostitución como si fuera la rubeola.

En este renacer puritano que vivimos se miran con lupa los chistes, se retiran carteles en los que aparezca gente con menos ropa de la que recomiendan las buenas costumbres y se habla de lo terrible que es comerciar con el propio cuerpo, cuando el trabajo de los albañiles, el de los socorristas y el de las monjas que cuidan enfermos es tan físico como el de las prostitutas, con la salvedad de emplear otras partes de la anatomía.

Si de lo que se trata es de abolir la prostitución para acabar con los abusos que se cometen en su entorno, habrá que prohibir casi todos los oficios, empezando por la venta ambulante y los manteros, donde nadie negará que hay trata de personas, mafias, dinero negro y explotación de todos los colores.

Entretanto discutimos si la prostitución se puede escoger libremente o es una condena que todo quien la ejerce cambiaría por el empleo que fuese; mientras decidimos con qué partes del cuerpo es decente trabajar y con cuáles no; en el rato que gastamos hablando sobre si, por esa regla de tres de abolir los entornos en los que se cometen abusos, no habría que suprimir también ayuntamientos y diputaciones; en ese tiempo, ya digo, miles de putas estarán esperando que un maromo las invite a una copa; estarán tendiendo las bragas a ver si se secan antes de abrir el club; mientras otras estarán faenando, con un baboso encima, ajenas a nuestras digresiones redentoras, que quizás no las ayuden mucho.

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