Su propio afán

Enrique García-Máiquez

¿Somos superhéroes?

HACE tiempo que sospecho que a mi hijo le picó una araña. Se viste de Spiderman, quiere cuentos de Spiderman, gasta un babero de Spiderman y monta una bici de Spiderman (con ruedines). Si le preguntas si es Spiderman contesta que no, qué va; y añade: "Soy Peter Parker". Eso, jugando. En realidad, tiene la mosca (no la araña) detrás de la oreja. Me ha preguntado con cara de preocupación: "Papá, nosotros, ¿no somos superhéroes, verdad?" Entonces a mí me ha picado, no sé si una araña o una mosca, pero en mi orgullo. ¡Claro que lo somos!

"¿Y nuestros superpoderes, eh?", pregunta. Le enumero: encajar con una sonrisa las puñaladas traperas, que se doblan como la mantequilla contra nuestras superespaldas; saber perdonar, qué prodigio; querernos, qué milagro; y la poesía, que es ir de vuelo; y la pintura, visión de rayos-X que llega al alma; y la música o el espíritu palpable…

Mi hijo me mira incrédulo. Intento otro enfoque más científico, menos metafórico. Todos los superhéroes en todas sus superaventuras empiezan muy sobrados. Sus poderes les protegen y ellos hacen el bien sin despeinarse. Sus conciudadanos los admiran. Pero enseguida surge un poder maligno que los supera y amenaza. La ciudad pierde la fe. Pero sólo cuando el superhéroe lucha en inferioridad de condiciones, al borde vertiginoso de la derrota, vapuleado y herido, con el sabor del miedo en la boca del estómago, sólo entonces, es un auténtico superhéroe.

Más allá de los morales y estéticos, no tenemos superpoderes, vale, lo reconozco, pero eso no hace sino facilitar y favorecer nuestro heroísmo. No requerimos un efecto inflacionario de habilidades y trucos. No tenemos que esperar a que llegue un malvado malísimo y alterado genéticamente para contrastar nuestro valor verdadero. Cualquier cosa nos pone a prueba. Lo cual es una ventaja, porque ya hemos visto que el superhéroe sólo demuestra su condición superando pruebas casi imposibles.

Las mil y una trampas del trabajo cotidiano, los cantos de sirena de la pereza, la propensión al rojo de la contabilidad doméstica, las redes del mal humor, todo conspira contra nosotros, que lo vamos encarando a duras penas. Y, al fondo, esta frase de Felipe Juan Artillo: "La cotidianidad solo puede ser apasionante para quien está en lucha consigo mismo". Uno mismo: ése sí que es un enemigo a nuestra medida, con nuestra exacta fuerza. Poderle, qué hazaña de superhéroe.

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