Todo santo tiene su octava y con más lógica la fiesta del trabajador, cuando se vuelve al trabajo. Además, este artículo que publico hoy lo trabajé ayer, que no tocaba. Por eso, fui a mis libros, dispuesto a aceptar la limosna de una cita que me librase de escribir al menos un párrafo. Me la dio el mejor Bobin:

"Por lo mañana temprano, se sienta en la puerta del estanco con la mano tendida pidiendo limosna. […] Hoy me lo he encontrado en un lugar inusual. Estaba sentado, tranquilo, en un banco que hay delante de la escuela municipal. Miraba el movimiento de los viandantes y de los coches, y los pájaros en los plátanos. Hemos echado unos cigarrillos e intercambiado unas palabras sin misterio. Cuando me disponía a darle una moneda, y antes incluso de que yo hubiera iniciado el gesto, me ha dicho: 'No, hoy no trabajo'".

Es una anécdota categórica, porque muestra la importancia de la fiesta del trabajo y desarticula el consabido chiste de hacer notar la paradoja de que el día del trabajador caiga en fiesta. La fiesta le es esencial al trabajador para constatar que no es lo que hace. El mendigo, con su día de vacaciones y contemplación, se ponía por encima de su oficio.

Lo necesitamos todos, porque, aunque lo ideal es trabajar en nuestros sueños, lo normal es la realidad. Esto es, un trabajo que nos constriña algo. A ver si la maldición bíblica de "ganarse el pan con el sudor de la frente" iba a ser sólo una frase redonda de cara a la galería… Los trabajos exigen cierta inmolación de uno mismo: se va a ellos a servir, no a ser servido.

Decía Simone Weil -segunda limosna del día- que el trabajo nos da una ocasión maravillosa de negarnos a nosotros o a la parte más fantasiosa e irreal de nosotros, y que, a menudo, dejábamos que tan maravilloso instrumento de mejora moral se nos volviese herrumbroso por falta de uso o de aceptación. Me pega que no es un concepto muy de autoayuda para la vuelta al trabajo después del puente, pero es bueno y verdadero y, por tanto, mejor.

Los días de fiesta nos han permitido, además de descansar, equilibrar ese aspecto irremediable del trabajo y esforzarnos quizá por nuestra cuenta y riesgo, mecenas de nosotros mismos, en aquello que sí satisface nuestros anhelos. Anhelos a los que llegamos depurados por la exigencia práctica de los días laborables. Ir y venir del trabajo al ideal y viceversa es uno de los grandes dones de tener trabajo.

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