HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

El trabajo

VISTO del lado laicista, el trabajo es el esfuerzo y los afanes humanos para la creación de riqueza y obtener a cambio un beneficio en forma de sueldo que permita vivir decorosamente a una familia. Cuando estos fines se descompensan, vienen los conflictos labores, las revueltas y aun las revoluciones. Visto del lado religioso cristiano, heredero de la Biblia, es una condena impuesta por Dios para castigar la desobediencia y la soberbia del hombre, para dignificarlo y redimirlo y para que aspirara a la perfección divina que se tomó el arduo trabajo de la Creación. La Iglesia Católica gastó una broma a los sindicalistas cuando instituyó la fiesta de san José artesano, que es hoy, y puso como ejemplo a un santo muy popular que vivió en su aldea y sacó adelante a la Sagrada Familia con su sencillo y digno trabajo de carpintero. El trabajo fue muy penoso en otros tiempos y aún lo es en muchas zonas del mundo.

Visto del lado político, el trabajo fue una imposición legal mosaica y la pereza un delito, un pecado social, para que el pueblo judío sobreviviera en un ambiente hostil y rodeado de enemigos. No se podía estar cruzado de brazos cuando los ejércitos idólatras amenazaban al pueblo elegido o cuando había que abrir pozos en el desierto. Los griegos vivían mejor que los judíos, con mayor estabilidad y menor fanatismo e idearon un sistema que dio excelentes resultados: el trabajo lo hacían los esclavos y los ciudadanos libres se dedicaban a la filosofía y el arte, a la geometría y la física, al estudio, en fin, para mejorar al hombre y crear la más alta civilización que han visto los siglo, que sigue siendo la nuestra. Nadie piense que los griegos eran unos salvajes que trataban a sus esclavos como si fuera animales: a los no griegos, prisioneros de guerra, les daban los trabajos peores en los campos y en las minas, pero los esclavos griegos de nación, es decir, que hablaban griego, vivían mejor que los obreros, jornaleros o ciertos criados de hace medio siglo en Europa.

En los países ricos la clase obrera se ha dignificado mucho y se parece cada vez más a las clases medias. Hay quien cree que desaparecerá. El fantasma de la crisis económica ha venido a ensombrecer el panorama, pero no se espera, de momento, una vuelta a otra Edad Media. En las zonas pobres del mundo ha empeorado todo, para qué engañarnos, y en los Estados que intentan implantar un populismo socializante irán a peor con toda seguridad. La izquierda residual, casi desaparecida en la Europa rica, se resiste a perder seguidores y ha optado por promulgar leyes extrañas para minorías quejumbrosas, a las que tampoco se les augura un buen porvenir. El trabajo lo entendemos hoy como toda actividad que contribuya al mejoramiento humano, dé mayor bienestar y tiempo de ocio para aprender a pensar como los griegos.

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