la columna

Pedro Sevilla Gómez /

Las víctimas

AAHORA que se ha acabado ETA, o por lo menos su horripilante actividad, las víctimas del terror rebrotan como flores sagradas a las que hay que mirar y escuchar a la hora de acercar presos y otros "pasos" en pro de la larga, dura y difícil reconciliación.

Ahora todo el mundo respeta a las víctimas pero no siempre ha sido así: hubo un tiempo en que se las escondía y se las mandaba a sus pueblos de origen, después de un entierro urgente; otro tiempo en que se las azuzaba contra el Gobierno. Había que tumbar al Gobierno y cualquier método era bueno, aunque oliera moralmente mal. Claro que los más malévolos en la utilización de las víctimas eran sus propios matadores, no vayamos a perder la perspectiva.

A la hora de escribir de las víctimas uno se echa a temblar, no sé si lo notan en esta prosa. Es tanto el dolor, la desesperación a que uno se asoma, que dan ganas de mirar para otro lado y escribir de un tema más benigno. Y por eso, porque es un dolor sagrado, es tan abominable su utilización. No hay sigla política, y lo digo desde el puesto de observador asiduo, que no haya utilizado en alguna ocasión, en mayor o menor medida, con más o menos desvergüenza, el dolor de las víctimas para obtener rédito político.

A las víctimas, además de la palabra, habría que haberles dado siempre y darles ahora el afecto y los honores que de una manera o de otra se les han negado. Y ahora que, ojalá sea verdad, se ha acabado todo, hay que asistir a su dolor con el corazón puro, sin contaminaciones electorales. Hay que compartir el dolor de las víctimas, que no utilizarlo.

¿El perdón? ¿La reconciliación? Tienen que llegar como un agua mansa, reparadora, pero no llegarán por Decreto-Ley. Ni cuando quieran las víctimas ni cuando quieran sus matadores ni cuando queramos los demás. El perdón es personal e intransferible. Es un desdoblamiento del dolor propio que se traslada al pecho contrario para atemperar su culpa. Y eso, tal como yo lo entiendo ahora, es imposible sin una fuerza sobrehumana. A nosotros sólo nos corresponde abonar el camino, no empedrarlo con mezquindades.

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