El problema más grave no es el previsible empate entre el bloque independentista y el bloque constitucionalista en las elecciones catalanas del día 21. El problema más grave es que no haya posibilidades de deshacer el empate mediante las consabidas negociaciones postelectorales. Que el desempate sea inalcanzable y haya que convocar otras elecciones autonómicas. Serían las cuartas en seis años.

La perspectiva es horrible, pero absolutamente realista. Salvo que la abstención cambie de verdad de bando y los electores españolistas acudan, esta vez sí, en masa a las urnas, o salvo que el frente indepe no haya tocado techo, como creíamos, y pueda rentabilizar su mensaje victimista y falsario, ni unos ni otros lograrán mayoría absoluta. Es lo que proclaman todas las encuestas, empezando por la del CIS, la más solvente.

Así las cosas, es bastante probable que uno de los partidos menores y en retroceso -por su oportunismo, claramente-, los Comunes de Iglesias y Colau, se convierta en decisivo para elegir president y configurar govern de la Generalitat. Con menos de diez escaños de un total de 135, los comuneros tendrían en sus manos el destino inmediato de Cataluña. ¿Qué van a hacer con este enorme poder conseguido de carambola?

Tengo claro lo que no van a hacer (lo han dicho ellos por activa y por pasiva): jamás votarán como presidenta de la Generalitat a Inés Arrimadas, la rutilante lideresa de Ciudadanos y la más ardiente defensora del constitucionalismo sin matices, a la que ubican a la derecha del PP.

Tampoco aceptaría Domènech, el cabeza de lista de En Comú, apoyar una presidencia de Miquel Iceta que implicara cualquier tipo de pacto con Ciudadanos y PP. Sería como decantarse por los partidos del 155 y del régimen del 78. Lo peor de lo peor. Distinto sería un Gobierno presidido por Iceta con participación de Esquerra Republicana y En Comú. También tiene problemas: no salen las cuentas -lo que exigiría ampliar el pacto hasta los antisistema de la CUP- y requeriría la renuncia de ERC a la independencia unilateral y la aceptación por el PSC de que esta renuncia es sincera y también de la necesidad de un referéndum que cuestione la soberanía española. Creo a Iceta capaz de explotar esta vía para alcanzar su sueño, pero no al PSOE nacional.

En realidad, lo que Domènech quisiera es ser el Borgen catalán: liderar la Generalitat siendo el quinto partido de Cataluña. A desparpajados no hay quien gane a esta gente.

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