Tribuna

Antonio Porras Nadales

Catedrático de Derecho Constitucional

La tercera España

Ni ahora ni hace un siglo nuestro país ha estado dividido en dos mitades. La auténtica España es la tercera, la de los que noqueremos ser arrastrados en una guerra de banderías

La tercera España La tercera España

La tercera España

Es un gran error colectivo en el que venimos cayendo desde hace casi un siglo. El error dramático de considerar que nuestro país, por su propia esencia o naturaleza, vive dividido en dos bandos irreconciliables. Y que ello nos enfrenta a todos y cada uno de nosotros al dilema de tener que tomar partido, como si fuera un sino inexorable, en el eterno enfrentamiento entre las dos Españas.

Se trata de una equivocación estúpida y miserable. Ni ahora ni hace un siglo nuestro país ha estado dividido en dos mitades. La España, la auténtica España es la tercera, la de los que ni queríamos ni queremos ser arrastrados en una guerra de banderías, la de los que creemos y apostamos por un espacio integrado de convivencia y armonía social. La España que confía y confiaba en la paz y el progreso, en la cooperación y el apoyo mutuo, en la solidaridad y la convivencia.

Hace cerca de un siglo, algunos dirigentes perdieron la cabeza al tratar de encuadrarnos y movilizarnos en una guerra de trincheras que condujo a la más siniestra hecatombe. Un error histórico que no podemos permitirnos nuevamente. Por eso ahora no debemos dejarnos abducir por las historias de nuestros abuelitos (ya sea el abuelito de Zapatero, el de Pedro Sánchez, o el de cualquiera de nosotros). Los errores históricos existen para aprender, si es que colectivamente somos capaces de aprender de nuestro propio pasado. Hace casi un siglo, la España auténtica y pacífica, o sea, la tercera España, se dejó vencer por la guerra de banderías: sucumbió a sangre y fuego, movilizada por la fuerza de las armas, incapaz de hacer frente a la locura histérica de unas minorías radicales y unos dirigentes irresponsables. Porque en realidad, la mayoría de nuestros abuelos pertenecían también a la auténtica y tercera España, la que no pretendía helarle el corazón a las nuevas generaciones, como decía el gran poeta.

Pero hubo otro momento histórico posterior (hace unos cuarenta años, ya después de la dictadura) en que todas estas coordenadas adquirieron un punto de inflexión o de conciencia colectiva: fue el llamado "espíritu de la transición", que no consistía exactamente en montar un entramado de pactos políticos de naturaleza constitucional, o en aprobar o reformar determinadas leyes, sino en algo mucho más importante: se trataba de darle carta de naturaleza a la tercera España, la auténtica y pacífica tercera España, condenada durante décadas a ser relegada en las cunetas de la historia. Se trataba de recuperar nuestra responsabilidad colectiva como pueblo pacífico y civilizado, y llegar a tener una voz protagonista tras siglos de silencio.

Por eso ahora no es el momento de sucumbir nuevamente ante los cantos de sirena, ni de dejarse seducir por el atractivo discurso de minorías radicales o líderes carismáticos. No es el momento de dejarnos embridar de nuevo tras la estela de dirigentes mediocres dispuestos a montarse en el caballo de la radicalización y el enfrentamiento. No debemos tratar de ocultar los desafíos de un futuro que avanza ya en el siglo XXI tras los rancios aromas de unos fantasmas del pasado. No nos empeñemos en intentar reescribir la historia, porque la historia ya está escrita y lo que realmente nos debe preocupar es el futuro. Ahora es más bien el momento de vernos a nosotros mismos como lo que realmente somos: un pueblo pacífico y civilizado que puede sortear los riesgos de la radicalización y el guerracivilismo, que sabe tener una mirada colectiva serena y generosa capaz de llenar de ilusión el corazón de las nuevas generaciones.

La tercera España es, al final, la auténtica y genuina España: solidaria y generosa, abierta y dialogante, civilizada y europea. Es el espacio de encuentro donde todos estaremos dispuestos a arrimar el hombro con nuestro esfuerzo cotidiano. Por eso, dejarnos llevar ahora por egoísmos colectivos, sumergirnos en una dinámica de trincheras, dejarnos seducir por el discurso del radicalismo y el enfrentamiento, sería como volver al camino equivocado que ya recorrieron dramáticamente nuestros abuelos.

La tercera España es en realidad algo que está más allá de las leyes o los pactos políticos, más allá de líderes concretos o de personajes, más allá de ideologías o de proyectos y programas políticos: es el espíritu colectivo que debe impregnar todo nuestro sistema de convivencia. Por eso no podemos bajar la guardia, no nos dejemos nuevamente torcer el brazo. Porque ese espíritu vendrá a ser como el camino que nos lleve hacia el futuro. Que por una vez los sufrimientos de nuestros abuelos nos sirvan realmente para algo útil: para no volver a repetir sus mismos errores ni a caer en el mismo abismo colectivo.

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