El Bizco de San Mateo

Cofrades de arte

El Bizco de San Mateo
Bernardo Palomo

Jerez, 26 de marzo 2013 - 01:00

EL año pasado, cuando repasábamos algunos de los nombres propios más significativos del discurrir cofradiero de nuestra Semana Santa, tratábamos sobre la figura señera de Ramón Chaveli Carreres, escultor valenciano afincado en Jerez, autor de varias imágenes sobresalientes de hermandades jerezanas: el Cristo muerto que va sobre el regazo de la Virgen de las Angustias, la importante de Nuestro Padre Jesús de la Vías Crucis, llena de sentido escultórico y con una gran contención de líneas que la llenan de espiritualidad, la de Nuestro Padre Jesús de la Salud en sus Tres Caídas, esa que atrapa el sentimiento unánime la tarde del Miércoles Santo, así como la del Cristo del Amor, único crucificado de este autor en Jerez. Pero, hoy nos vamos a quedar con el Ramón Chaveli que da una medida de artista completo, que sigue siendo protagonista más que nunca con varias imágenes que, sin ser titulares de Hermandades o Cofradías, forman parte de ese imaginario popular querido y profundamente identificado con el sentir cofrade del pueblo. Y es que la historia de la iconografía presenta una característica que se ha ido repitiendo desde antiguo a lo largo de los siglos. Se trata de la representación del feísmo, de lo grotesco, de aquello que forma parte del contraste con la ilustración de la realidad y que sirve para aumentar el sentido icónico de esta.

Hoy, Martes Santo, el Jerez cofradiero tiene un punto clave de atención popular: el barrio de San Mateo y la cofradía de los Judíos. Porque para el pueblo, desde siempre, la Hermandad de Nuestro Padre y Señor de las Penas y María Santísima del Desconsuelo, ha sido la de los Judíos de San Mateo. Asunto de lo más curioso e interesante, toda vez que, siendo las imágenes titulares dos auténticas joyas de la imaginaría procesional y referencia absoluta del sentimiento unánime de Jerez, la gente continúa conociendo a la hermandad por el nombre de Los Judíos, cuya razón de ser son los dos sayones que en la delantera del paso preparan la cruz del tormento provistos, uno de una gran barrena y, otro, de un martillo en actitud de golpear fuertemente. Son dos obras secundarias al uso; es decir, tremendamente feas con objeto de potenciar el contraste con las imágenes titulares. Para ello, el autor se ha valido de unas grandes narices, verrugas, cejas pobladísimas, cejijuntas, que aumentan la fealdad de los sujetos y casi deforman unos rostros ya de por sí feos. Además, como potenciación de estos gestos iconológicos del feísmo, Ramón Chaveli ha dado un paso más y a uno de los sayones le ha pintado el ojo bizco. El autor en un alarde de gracia interpretativa asume esa intención de aumentar la fealdad del sayón haciéndolo claramente bisojo. De ahí, que el pueblo lo tenga presente como el Bizco de San Mateo.

Esta propuesta iconográfica clarifica el conocimiento histórico del propio autor, algo que se observa además, en este paso donde unos soldados romanos se juegan a los dados la túnica del Señor. Éstos aparecen sin las exuberancias cofradieras tan habituales y que están absolutamente fuera de lugar por su gran anacronismo; pero que en los noveleros ambientes de la Semana Santa gustan bien aderezados de nagüetas, corazas repujadas y relucientes y, sobre todo, cascos con grandes plumas de avestruz. Toda una cohetería de teatral tramoya muy del gusto del cofrade desinteresado por la historia.

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