Le ocurre igual que al yoga, que al orgasmo femenino y a la lucha contra el Parkinson: el libro también tiene su Día Internacional, que casualmente se celebra hoy, coincidiendo con la fecha en la que murió Shakespeare (si es que Shakespeare murió un 23 de abril, que eso está por ver). O coincidiendo con el día en el que quizás muriera don Miguel de Cervantes, que tampoco es que esté la cosa muy clara, porque si él mismo era de condición despistada para los datos geográficos, y no se acordaba de cuál era el nombre de aquel lugar de la Mancha, supongo que para la cuestión de las fechas tampoco habría que fiarse demasiado ni de él ni de la gente que le rodeaba.

Como cualquier otro Día Internacional, en este que celebramos hoy les tocará a las autoridades de la Cultura pronunciar unos discursos muy aparatosos donde se nos revelará la importancia que tienen los libros para el futuro de la Humanidad; unos discursos que destacarán la cantidad de gente que dio su vida por ellos y que insistirán en el compromiso que deberían contraer las instituciones para seguir apoyando la causa. Unos discursos tan sublimes que, si nos fijamos bien, no dicen absolutamente nada porque, si se sustituyera la referencia a los libros por cualquier otra cosa, valdrían -lo mismo que valen para defender la causa libresca- para ensalzar la importancia del yoga, la del orgasmo femenino o la que tiene, sin duda, la lucha contra el Parkinson.

Se hablará, cómo no, de la importancia que tienen los libros para establecer puentes entre las distintas culturas, que es otra forma de no decir nada, ya que hay muchos libros que defienden la concordia entre los pueblos, pero no es menos cierto que abundan también los libros que animan al lector a encerrarse en sus cuatro paredes nacionalistas o a cortarle la cabeza a los que piensan distinto.

Se hablará del libro como vehículo que transporta al lector a otros mundos, que aparte de ser una cursilada de mucho cuidado, según quien la diga, nos podrá hacer pensar en las novelas de Julio Verne o en lo caros que se han puesto los trenes de cercanías. Y se hablará, naturalmente, del libro como tesoro del saber (pasando por alto que la Biblia es un libro, pero que el que yo consulto de recetas para hacer el arroz sin que se me pegue también lo es); igual que se hablará del libro como objeto sagrado, cuando lo suyo sería que no lo fuera tanto, pues ya sabemos lo que pasa con las cosas y con las vacas cuando se convierten en sagradas: que queda feo arrimarse a ellas.

Pero no hay que rendirse. Para soportar un año más todos estos discursos, se puede hacer como hizo la tripulación que acompañaba a Ulises: taparse los oídos. Pero no para evitar caer seducidos por el canto de las sirenas, sino todo lo contrario: para mantener las ganas de leer, que es de lo que se trata, en vez de salir a la calle a quemar las librerías como si fueran cámaras de tortura.

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