Festival de Jerez

Réquiem por un visionario

La luz perpetua que el maestro ha arrojado sobre los escenarios durante más de medio siglo de dedicación a la danza resplandece más viva que nunca. Él se fue pero queda su legado en los cuerpos de los artistas a los que transmitió su inteligencia, sabiduría y experiencia. Si Maya en 1976, cuando estrenó Camelamos naquerar, ya era considerado el máximo innovador del baile flamenco, según relatan las crónicas de la época, es cuanto menos sintomático que treinta años después quien detente esa máxima sea un alumno suyo, Israel Galván. El sevillano no estuvo anoche en Villamarta, pero el espíritu de la vida y obra de Mario Maya, un visionario al que todas las palabras para agradecerle lo que ha hecho por la danza y el flamenco serán pocas, sobrevoló por el proscenio en un homenaje diseñado con sumo gusto y sin resquicio alguno -ahí reside quizá su grandeza- para lo recurrente y el efecto fácil al que se prestaba tan emotiva velada.

El espectáculo estuvo conformado por piezas corales, expresivos y sentidos solos, tríos, y un intenso Diálogo del Amargo, magistralmente interpretado por Juan Andrés Maya y Diego Llori (parece que nació para hacer del jinete-caballo 'lorquiano'), que sirvió de resumen -demasiado breve para lo fecundo y la dimensión que tuvo- del trabajo del maestro cordobés como precursor e impulsor de la danza-teatro-flamenca. Otro momento de profunda carga simbólica fue el remake del número de trilla y martinete de Camelamos naquerar, donde un fidedigno Manuel Betanzos emula a aquel Mario que fue inmortalizado por Carlos Saura en Flamenco y donde queda eternizado aquel alegato contra la intolerancia y la opresión de la raza gitana que rubricó uno de los próceres del flamenco que hoy entendemos y concebimos en la escena.

Lejos de hacerse fatigoso por la condensación de tramas y piezas dispares, el sincretismo de la propuesta, en la que se hilvanaron con acierto diez de las mejores coreografías que montó y movió Maya, fue dinámico, ágil y llevado a cabo por un elenco bailaor de auténtico lujo. Algún que otro problema en las transiciones; un atrás cantaor demasiado irregular frente a la máxima calidad del resto del reparto; y un sonido de guitarras demasiado elevado por momentos, no fueron suficientes argumentos para desmerecer y desmontar la suite de una vida dedicada a la danza. Un sencillo y sincero tributo muy del gusto del maestro: sin excesos, sublimando cada movimiento y con una coherencia formal del todo insólita a tenor de lo complejo y, por qué no, ambicioso de la producción.

Si Manuel Liñán sencillamente bordó su varonil número por alegrías -casi respetando de forma fehaciente el decálogo de Escudero-; Bayón fue delicada y sabrosa por malagueñas y jaleos (algo extenso este número); y el juego de las Tres sillas hizo vibrar por su descarada y enérgica sencillez, el baile por seguiriyas de Belén Maya fue de antología. La ideóloga de la propuesta, concentradísima en todo momento, ofreció todo su repertorio de pasos y mudanzas, tan inspiradas en la genética familiar como personalísimas. Su forma de dibujar en el aire, sus juegos de hombros y caderas, su punta-tacón, y su vertiginoso braceo representan una entelequia para muchos otros artistas de su generación.

Del mismo modo, fueron reseñables -aunque pudo haberse contado con el Tate Carrasco en directo, autor de cuatro de los temas que sonaron, incluido Fernanda, que sirvió para los saludos de la compañía- los movimientos corales, el movimiento sincrónico de una masa de entre cinco y diez bailaores en escena. Piezas claves en el engranaje de la obra y para entender el concepto de lo que ahora tan alegremente llaman algunos coreografía. Si Oliva y naranja (cantiñas de Diego Carrasco con letra de Salvador de Madariaga) y Cinco toreros resultaron una colorida amalgama de concordancia, limpieza y temperamento, Un, dos, tres... fa, con el que se cierra el montaje, es un prodigio coreográfico tan vistoso y alegre como apasionado. Un cierre a la altura de la dimensión de la herencia que ha dejado el maestro Maya. Pues como escribió Martí, "la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida".

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