La crítica. 'Eloísa está debajo de un almendro' Puesta en escena minimalista pero con gancho en el Villamarta

  • La archiconocida obra de Jardiel Poncela vista con el prisma de la modernidad

Puesta en escena de 'Eloísa'. Puesta en escena de 'Eloísa'.

Puesta en escena de 'Eloísa'. / Vanesa Lobo (Jerez)

El protagonismo que el teatro de Jardiel Poncela da a los locos llega a ser creíble, sobre todo por las corrosivas verdades que se van deslizando a lo largo de casi dos horas. Y puede que el absurdo que el autor intenta relatar se convierta en el alma mater de su forma de entender la vida para que, a modo de ejemplos, la fuerza de toda una serie de personajes-tipo sea el hilo conductor de su filosofía teatral. En ese intrincado mundo de interacciones cómicas que se presentan en todo momento, es como se consigue captar al espectador desde un principio. Respeta además todo lo que supone el teatro de este tipo de autores que lograron romper con el pasado en una época de transición.

La acción dramática transcurre en tres ámbitos, fieles al libreto, un cine, la casa de los Briones y la de los Ojeda, con una peculiaridad inteligentemente introducida, al montar una continuidad temporal durante la noche, haciendo del tratamiento del tiempo una obra maestra, lin

eal, sin saltos ni flashbacks, y con el apoyo en un cuidado texto para despejar dudas espaciales y temporales. Un primer acto, lleno de fantasía animada ambientada en una sala cinematográfica, un nudo donde se cuenta al detalle la amplia gama de situaciones inverosímiles que se van encadenando en todo momento, y un desenlace, que a modo de homenaje subliminal al autor, explica todo y a la manera jardielana, empapando el texto de concatenaciones rítmicas y de conclusiones que llevan a que nada de lo sucedido sea tenido en cuenta.

La vitalidad del texto, se refleja de principio a final, diálogos encadenados sin solución de continuidad, juegos de palabras, li

stados de refranes, y toda una serie de registros lingüisticos basados en la comedia fresca y renovada de los años cuarenta, muy vocalizados y apretados entre el subtexto. El perfil de la obra no deja de ser en todo momento cómico. El ritmo narrativo ayuda a ello, y la profesionalidad de los actores y actrices dota de vida al frío entorno, ganándose conforme pasan los minutos el protagonismo escénico.

Entorno antagónico a los decorados realistas que imaginaban nuestros autores del siglo XX, a modo de jaula de grillos abierta al público, el fondo y el proscenio, lo que obliga a que el patio de butacas use sus propias fantasías espaciales para seguir la dramaturgia y magnifica la capacidad de creación de la historia desde la perspectiva de un espectador que hace las veces de ayudante de dirección de escena.

Por ello, no deja de ser llamativa la escenografía. Atrayente desde el primer segundo. Minimalista, chocante, atrevida e insinuante. Un rectángulo escénico dentro del propio escenario, curiosamente iluminado y que a la vez hace de personaje estático fundamental en el devenir visual de la obra. Son, en suma, las líneas delimitadoras de la

s mentes de todos esos locos cuerdos que entran y salen de escena en forma de carrusel. Cada personaje lleva su mochila llena de líneas rojas a no atravesar, de cuadrículas donde estar de pié y moverse con cuidado. Cada cual hace de sus movimientos un juego de petanca para poder chocar con el contrincante que corresponda, estremeciendo las neuronas y desarrollando su comunicación no verbal, dentro y fuera de la sala de tratamiento. Cada cual, encerrado en su camisa de fuerza plateada intenta durante toda la noche desembarazarse de su carga.

Una forma como otra de descarga psiquiátrica de celda espacial, con el añadido de la urgencia de poder presentar a los personajes como pacientes y a la vez como terapeutas en busca de respuestas. Los personajes están siempre, a expensas, del decorado, conforme caminos predeterminados que no llevan a ninguna parte. Las entradas y salidas siguen la pauta de los patrones de los movimientos escénicos en bucle, dando grandilocuencia a cualquier osado que se permite entrar y salir de escena. Sin dirección pero con sentido. En la línea de corredores de la muerte sin que el cadáver aparezca. Una vez colocado en su lugar, debe hacer como que interviene dentro de una puesta en escena coral, agrandando el personaje hasta hacerlo creíble y surrealista.

Sillas rojas asépticas perfectamente espaciadas. Una cámara de cine. Un sofá a modo de cama. Un foro limpio. Luces todas dirigidas, encandilando a un decorado y un vestuario monocromático en tono grisáceos plateados. Útil y práctico a la vez. Una apuesta esotérica en base a la gama de grafito, que complementa la textura de los negros y hace impactar visualmente con la de los rojos apasionados, haciendo que el color y la textura sean las únicas licencias para explicar la carga amorosa y de descarga emocional del texto, ejemplificadas en el color rojo del traje de la protagonista temporal y en un juego técnico de luces que apoya la base de la trama y las delgadas líneas de transiciones entre escenas.

Una propuesta diferente, de todo un clásico de la escena española, aderezada de imaginación y de ganas de provocar. Una apuesta por teatro de texto, con un guión archiconocido pero que se presenta de manera muy original, lo que lleva a pensar que en el mundo de las artes escénicas todo está por descubrir y es válida cualquier osadía, siempre que se haga desde el rigor y la profesionalidad. De ahí, la capacidad de trascender, aunque pasen los siglos.

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