Cultura

Un buen espectáculo 'trekkie'

Ciencia ficción, EEUU, 2013, 129 min. Dirección: J. J. Abrams. Guión: R. Orci, A. Kurtzman, D. Lindelof, G. Roddenberry. Fotografía: Daniel Mindel. Música: Michael Giacchino. Intérpretes: Chris Pine, Benedict Cumberbatch, Karl Urban, Jon Lee Brody.

Aunque parezca imposible hace ya casi 50 años que el universo Star Trek nació en la televisión y 34 que pasó al cine de la mano de un gran director cuyo nombre tiene ya aureola de clásico: Robert Wise. Doce largometrajes después -el que hoy comentamos completa la docena- el Enterprise y sus tripulantes siguen gozando de buena salud. Le quedan años por delante para gozo de los trekkies (fans de la serie). Desde el más que colorista inicio, que habría hecho las delicias de Andy Warhol y Jacques Demy pintando las plantas y los seres de un planeta amenazado por un volcán con blancos, rojos y amarillos puros, parece que se ha elegido el tono espectacular, amable y un punto paródico propio de las aventuras de ciencia ficción, en vez de apuntarse a la plúmbea (además de estúpida) moda de convertir los tebeos o los seriales televisivos en tragedias shakespeare-wagnerianas.

Un planeta a punto de ser destruido, una nave alcanzada por una roca, dos fugitivos perseguidos por los nativos, el señor Spock caído en el ígneo cráter del volcán y el Enterprise aguardando bajo las aguas. No está mal. La orgía de colores -una de las marcas de la serie, aquí inteligentemente exacerbada- se mantendrá durante todo el metraje (excepcional dirección fotográfica de Dan Mindel, el maestro formado con Tony y Ridley Scott) mientras la película nos cuenta la caza de un hombre capaz de destruir la Flota. Cosa que hará, o casi. El enemigo, esta vez, es formidable. Bueno, siempre lo es; pero con los malos pasa como con los dolores de muelas: el último siempre es el peor. En este caso, además, resulta que es verdad. El malo está brillantemente interpretado por el muy buen actor inglés Benedict Cumberbatch quien, tal vez por haber sido el Sherlock Holmes de la serie televisiva, compone una especie de Moriarty galáctico perversamente inglés, frío y elegante.

J. J. Abrams, el conocido creador de serie innovadoras (Perdidos, Seis grados, Alcatraz) y de ruidosas máquinas de efectos y acción (Misión imposible III), pero también de joyas como Súper 8, hace su segunda incursión en el universo Star Trek con buena fortuna. No se le puede pedir más a esta tripulación ni a esta nave con medio siglo de singladura espacial a cuestas.

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