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Cultura

"Soy un músico de emociones"

  • El clarinetista sevillano Pablo Barragán graba para el sello IBS Classical las dos Sonatas y el Trío de clarinete de Brahms junto al pianista Juan Pérez Floristán y el cellista Andrei Ionita

El clarinetista Pablo Barragán Hernández (Marchena, 1987) es uno más de esa nómina de jóvenes músicos andaluces que han roto definitivamente todos los complejos que gravitaron durante decenios sobre la música española y triunfa hoy en el centro mismo de Europa. Lo ha hecho, como el resto, gracias a su talento, pero también (no debe olvidarse esto) al esfuerzo de una sociedad que les ha dado los medios (y sobre todo, las posibilidades de formación) que no tuvieron sus mayores. "El trabajo que se ha hecho en España en los últimos 20 o 30 años es increíble", comenta. "Yo empecé en la banda de mi pueblo, pero es que en las bandas se está haciendo ahora mismo una labor extraordinaria. Cuando vengo y escucho una banda en una procesión o un concierto, oigo conjuntos que tienen un sonido cohesionado, coherente, con una cuerda de clarinetes soberbia. Luego yo estudié en el Superior de Sevilla con Antonio Salguero, un gran profesor, y tuve la suerte de estudiar también en la Academia Barenboim-Said, de formar parte de la OJA y de la Orquesta del Diwan".

-En 2009 se fue a Suiza para dos años... y no ha vuelto. ¿Notó diferencias al principio?

En mi primer año en Basilea tenía doce grupos de cámara. Salía de casa a las 8 y volvía de noche, a las 11"

-Mi formación era muy buena, pero en Basilea el nivel era un puntito más alto. Lo que más noté fue la forma de trabajar y los medios. Cuando llegué me dijeron que me podía apuntar a los grupos de cámara que quisiera, dar clase con quien quisiera. El primer año tenía doce grupos de cámara. Yo salía de mi casa a las 8 de la mañana y volvía a las 11 de la noche. Eso era increíble. Pianos de cola por todos lados, aulas de estudio, repertorios nuevos... Descubrí un mundo por completo novedoso para mí. Terminé mis dos años de Diploma Orquestal y mi profesor me dijo que me veía con carácter y personalidad para hacer el Diploma de Solista. Así que lo hice. Ahí empecé a hacer cositas, a establecer contactos. A veces son meras casualidades: alguien con quien has dado clase que te invita a un concierto. Funciona mucho el boca a boca. Si eres profesional, muestras interés, pones pasión, eso se transmite. Y luego también cuenta la suerte: estar en el sitio correcto en el momento adecuado.

-¿Qué supuso el triunfo en el Prix Credit Suisse Jeunes Solistes en 2013?

-Fue un empujón. Empecé a hacer otro nivel de conciertos. Apareció un agente interesado. Seguía haciendo alguna cosa de orquesta, pero me enfoqué ya con claridad hacia la carrera de solista y la música de cámara que es donde realmente me siento libre.

-Y pese a ese ambiente tan favorable en Suiza hace algo más de un año se trasladó a Berlín. ¿Por qué?

-Me había quedado en una zona de confort, todo muy tranquilo y muy organizado, pero necesitaba algo más de dinamismo. En Berlín tenía muchos amigos, y es una ciudad de una vida cultural y creativa riquísima. En Alemania he entrado en una agencia importante. Me están cuidando; qué repertorio quiero hacer, con quién y dónde toco. Me han liberado de cualquier trámite burocrático. Esto me ha dado mucha paz mental. Estoy empezando a crecer. Me siento con ganas. Hay tanto por hacer y por descubrir. No me gusta hacer planes a largo plazo. Crearme expectativas en este mundo sería meterme demasiada presión, y no quiero eso.

-¿Cuándo surge la idea de este disco dedicado a Brahms?

-El padre de Juan [Pérez Floristán] fue mi profesor de Música de Cámara, y ya me hablaba de que tenía que tocar con su hijo. Tocamos por primera vez juntos en un Encuentro de Cámara en Santander en 2011. Luego él me acompañó en el recital que di en la Sala Manuel García del Maestranza. Ahí hablamos de Brahms, pero lo veíamos como algo a largo plazo. Luego coincidí con Paco Moya en una grabación que hice con la Orchestre Musique des Lumières y me habló de que quería grabar conmigo y con Juan las Sonatas de Brahms, pero como el minutaje se iba a quedar corto quería completarlo con el Trío. Yo conocía a Andrei Ionita de un proyecto junto que habíamos hecho hacía 5 o 6 años, cuando grabamos una sinfonía de Mahler en versión reducida. Entre medias él había ganado el Premio Chaikovski. Estaba lanzado, pero aceptó la idea. Todo surgió de forma muy natural y espontánea.

-¿De dónde viene su relación con estas Sonatas de Brahms?

-Se las escuché por primera vez a mi profesor Antonio Salguero. De hecho, cuando le escuché la Sonata nº2, que él toca con mucha flexibilidad y muchísimos detalles, fue cuando me enamoré del clarinete y de las posibilidades del clarinete como instrumento de cámara. La toqué por primera vez con Juan en ese encuentro de Santander.

-En diciembre se presentan en el Maestranza con el Trío de Brahms y obras de Schumann en la primera parte. ¿Cómo es su relación profesional?

-Tenemos una química extraordinaria. Ellos tienen un componente cerebral muy importante, pero son increíblemente emocionales, que es algo que yo necesito para conectar. Hicimos el programa del disco ya en Berlín, en un espacio alternativo, el Piano Salon Cristophori. Luego lo hemos hecho en Venecia y en Úbeda, hace sólo unas semanas, y cada vez nos encontramos mejor juntos. Hay ya proyectos para Bolonia y para Bucarest.

-Ese disco grabado en Suiza junto a Facundo Agudín incluye el Concierto de Mozart y obras de dos autores actuales. ¿Le interesa la música contemporánea?

-Mucho. No soy un especialista ni quiero serlo, pero los músicos tenemos que comprometernos con la evolución del lenguaje.

-¿Y qué estética contemporánea le interesa más?

-Soy un músico de emociones, de dejarse llevar, de transmitir. Me gusta salir al escenario y sentir la energía de la gente. Me atrae un lenguaje que tenga esa pasión interna. Intento trabajar la parte conceptual e intelectual de la música, que creo que es mi punto más débil, pero me gusta aquello que te toca, que es lo que hace que la gente quiera ir a escuchar música, sentirse identificada con ella. Pasa con cualquier arte. Una de las obras de ese disco del que me hablaba es de Marco Antonio Pérez Ramírez, un músico chileno, y es una obra muy potente, de algo que se rompe, se desgarra. No es música placentera ni bonita, pero tiene ese punto de emoción que yo necesito.

-¿Quién le gustaría que compusiera un concierto para usted?

-Estoy oyendo muchos compositores nórdicos. Me encanta uno islandés, Daníel Bjarnason: usa recursos electrónicos, pero trabaja también mucho con el color, con las texturas de la orquesta. Acaba de escribir un Trío para clarinete, cello y piano. Le escribí y tengo pendiente conocerlo personalmente. Lindberg tiene un Concierto brutal. Hillborg ha escrito cosas alucinantes para Martin Frost. Me gustan también Kalevi Aho o Kaija Saariaho.

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