Cultura

Una rama de azahar

Satori Ediciones incorpora El diario de la dama Izumi, de Izumi Shikibu, a su colección Maestros de la literatura japonesa y con la publicación de esta obra expresa su voluntad de reivindicar la crucial importancia de "la mano femenina" en la literatura nipona. El maestro Carlos Rubio se encarga de la introducción -y comparte labores de traducción con Akiko Imoto- de esta obra singular, intensa y delicada a partes iguales.

Esta edición de El diario de la dama Izumi trae al lector en lengua castellana "los nostálgicos y elegantes ecos de la vida cortesana de la era Heian (794-1185)" y lo invita a mirar por un resquicio abierto en las puertas correderas de los aposentos privados de una dama enamorada: Izumi Shikibu, excelsa poetisa que vivió, amó, escribió, y posiblemente intrigó, a principios del siglo XI. De la autora se desconoce casi todo, hasta su verdadero nombre y la fecha exacta de su nacimiento y de su muerte, "aunque debió venir al mundo en torno al año 975 y hay noticias de su actividad todavía a finales de la década de 1020", como apunta Carlos Rubio. Sabemos que sirvió, junto a otras insignes escritoras de la época -como es el caso de Murasaki Shikibu, autora de la obra culmen de este periodo, Genji Monogatari-, en la corte de la emperatriz Akiko. También que estuvo casada con un influyente hombre de su tiempo, que amó y fue amada por el príncipe Tametaka, hijo del emperador Reizei, y que vivió una apasionada historia de amor con el hermano menor de éste, el príncipe Atsumichi, coprotagonista de estas páginas.

Es éste el diario de una mujer enamorada, pero es también un breve y efectivo compendio de los usos amorosos de una época en la que el buen gusto era norma y la poesía la ineludible forma de comunicación entre los amantes. Tan alejados temporal y culturalmente quedan estos usos amorosos de nuestra forma de entender las relaciones personales entre hombres y mujeres que Rubio se emplea doblemente -en la introducción y en uno de los apéndices finales del libro- en interpretar para el lector occidental la mucha miga y la no menos provechosa corteza de esta peculiar forma de entender las cosas del amor.

Como nos advierte Rubio en su introducción, entre las anotaciones de Izumi Shikibu "dos cualidades que cualquier lector espera hallar en un diario -sucesos realmente acaecidos y narrados en primera persona- brillan por su ausencia". Y es que también desde el punto de vista formal nos encontramos ante un libro singular, difícil de encuadrar en la clasificación genérica al uso. Diario, dietario, relato de ficción... El diario de la dama Izumi admite mal cualquier etiqueta. Por eso merece la pena enfrentarse a él atendiendo a las valiosas claves que se nos dan en la introducción, pero también con voluntad de asomarse, desligado de todo prejuicio, a lo que verdaderamente importa: la maravillosa historia de amor que la autora comparte con nosotros, su sabia manera de hacerla presente mil años después, su capacidad de conmovernos con estos amores contrariados que se abren paso irremediablemente para embriagarnos con ese viejo perfume que se torna nuevo con cada ausencia, con cada despedida, con cada nuevo encuentro de los amantes.

"La poesía de Japón tiene su semilla en el corazón humano" dice Ki No Tsurayuki en el prefacio de la antología Kokinshu (905) y, sin lugar a dudas, anida en el corazón enamorado, como lo demuestran los 144 poemas insertos en esta breve narración. En la época, sin poesía no se entendía el amor, no era posible, no podía existir. Los caballeros y la damas admiraban en los otros la belleza y la elegancia y, al mismo nivel, o quizás por encima, su capacidad para escribir buenos versos y hacerlo con la caligrafía adecuada, en el papel adecuado, presentados de la forma esperada, perfumados discreta pero sugerentemente.

La escandalosa relación entre Atsumichi e Izumi Shikibu -él es un príncipe casado y ella pertenece a una clase mucho más modesta, cosa intolerable en la época- comienza en el verano de 1003 con el envío a la dama de una rama de azahar con la que sutilmente el príncipe la invita a mantener relaciones con él. La narración concluye de forma sorprendente e inesperada a comienzos de la primavera de 1004. En medio, diez meses de amores marcados por el ritmo de las estaciones en los que los amantes apenas se encuentran en un puñado de ocasiones. La nostalgia, la espera y la añoranza -simbolizada por uno de los más imponentes tópicos de la literatura clásica japonesa, las mangas mojadas por el llanto de los amantes, esas mismas mangas que les sirven de almohada cuando están juntos- jalonan esta historia en la que las emociones personales se abren paso para dar forma a una de las obras más notables del periodo y capaz todavía de interesar y emocionar al lector de hoy.

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