Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Juanillorro

Cuando me dispongo a teclear en negro sobre blanco estas palabras -tan cuajadas de la heladura de lo antagónico- observo sobre mi escritorio un cochecito azul que mi hijo -de pasos silentes y lenguaje balbuciente- acaba de aparcar junto al teclado isla de la tablet. Para ello ha alzado su bracillo de color de nácar pues apenas si alcanza la altura de la mesa. No se trata sino de una filial declaración de intenciones: la que (me) reclama el pronto regreso a su lado para continuar con la singladura de las payasadas paternas que tanto divierten a quien dibuja hilvanes de risas sobre el lienzo de lo imperecedero.

Reflexiono entonces sobre la peladilla del carpe diem, los sarmientos de la finitud humana y los cortocircuitos de nuestra más o menos efímera existencia. Y de cuán poco desconfiamos de la (propia) supina ignorancia: la que confirma la voluble levedad del ser. Porque en cualquier tórrida mañana agosteña aparece un relámpago de penumbra y miocardio -como una deflagración que clava grillos y umbrías en el pecho autóctono del compás por bulerías- para hacer caer la torre -la gigantea- de un niño bonachón y desprendido, corpulento y rizoso, Manuel Carpio Heredia, que cuenta en sus haberes el sumando de treinta y ocho años de edad…

César González-Ruano (estructura discursiva, etimología, metaficción) escribió en su lecho de muerte -con famélicos párrafos pretendidamente moribundos- que "muchas veces la muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir". No así ha sucedido con Juanillorro, tan en rítmica plenitud racial, tan vivo en la filigrana de la nobleza personal, pero quien entonces -sorprendido a bocajarro por el empujón de la maleza, por el buche de "la descalcez suprema"- fue incapaz de descifrar la prueba del laberinto -¡esas cosas se avisan, caramba!- de la ingrata señora de negro… Alias la Parca.

Un par de horas después -a pie de piscina me asalta el zarpazo- redacto en el teléfono móvil una (periodística) nota de urgencia: "La Plazuela llora a mares la muerte de Juanillorro". Otra vez enronqueciendo los clarines de la nostalgia. Otra vez la desazón, el grito sordo. La dentellada. El quebranto de plata oxidada. Otra vez el desgarro social -fragua y martinete que se debate, como en título de obra de Luis Cernuda, entre la realidad (impotencia descarnada) y el deseo (de desandar la implosión de la muerte para salvar la explosión de la vida)-.

Sé que sólo el Cristo de San Telmo -¿verdad, José Manuel?- maneja el porqué de las respuestas (cuyas significaciones permanecen tejidas a lo divino en la triangular vela que ahuyenta todo mare tenebrosum). Y que no reprimimos las lágrimas -como en un Niágara de pechos encogidos- cuando visualizamos su penúltima -nunca última- actuación en la Fiesta de la Bulería. ¡Ah, lo que va de ayer a hoy! Juanilloro era una figura emergente del cante flamenco. Alma -generosa: cuántos favores regalados por norma- a carta cabal. ¡Ay, si hubieras podido darle una pataíta de fin de fiesta a la esquela que jamás quisimos leer! Juanilloro fue el Tom Sawyer gitano de un Jerez que ahora al unísono se torna lorquiano y recita para distinguir el quejido de los ecos: "Tú nunca entenderás lo que te quiero/ porque duermes en mí y estás dormido./ Y te oculto llorando, perseguido/ por una voz de penetrante acero".

Yo quisiera ahora, Juanillorro, aprender y aprehender tu lección sin dobleces. Y rebañar los platillos de un verbo que únicamente se conjuga en presente de indicativo. Este cochecito azul aparcado al ladillo de mi teclado así me lo clama y… reclama. Olvidémonos de esa fatiguita tan rara que se apoderó de ti sin previo aviso. Estoy convencido que las letrillas de tu cante habrán de ocupar los espacios infinitos. En homenaje a ti, niño grande, no se ha hecho el silencio. Porque, como testamentara Juan Ramón Jiménez, los pájaros seguirán cantando.

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