El paso del Ecuador que iba a ser la Semana Santa ya lo hemos cubierto. Con el pensamiento puesto en ese deseo de ver nuestras ciudades como han sido siempre, con las bullas ante las imágenes de nuestra historia personal a flor de piel y el sentimiento aflorando por todo el cuerpo, con esa realidad inexcusable que todos los años se ha hecho verdad al principio de la primavera, los días santos han pasado y se han vivido como una historia descafeinada que sólo ha servido para añorar lo que no hemos tenido. El termómetro existencial que iba a ser la Semana Santa para nuestra triste realidad ha pasado y ha dejado muchas preguntas en el aire, muchas interrogantes que no sabemos si tendrán, alguna vez, su contestación adecuada y convincente. También nos ha dejado la incontestable realidad de que somos, pese a quien pese, animales de costumbres. Por eso, se ha acudido a la llamada de la Hermandades y Cofradías; por eso hemos salido a vivir, con ansiedad, la exaltación sensual de la primavera - aunque el temporal de levante echara por tierra, además del azahar, muchas de nuestras intenciones -; por eso seguimos emocionándonos con una saeta cantada por derecho, se nos parte el alma con la profundidad de la mirada de una Dolorosa, con el andar silente de un paso de palio; por eso, hemos brindado, este año mucho más porque muchos se nos han ido impunemente, por los que no están y que fueron referentes de nuestra historia personal. Ha pasado la Semana Santa; hasta hemos tenido la valentía de ir a ver una exposición que podía haber sido infinitamente más rigurosa con las leyes de la museología; ha pasado la Semana Santa y vendrán, probablemente datos sanitarios malos; pero, a nosotros, herederos de un tiempo lleno de intimismo, emoción, espiritualidad, tradición… nos queda ese personal pellizco que, en estos días más que nunca, seguimos manteniendo para que nuestra herencia siga con esa esencia eterna que nos inculcaron para ser como somos. Ahora a pensar que somos capaces de revivir y a echar la pata p'adelante.

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