Felipe Ortuno M.

Saber de pueblo

Desde la espadaña

30 de julio 2025 - 03:04

Advierto con entusiasmo que la sabiduría vital radica sobre todo en plazas, calles y tabancos; mejor que en cátedras y legajos, más verdadera en el decir y sentir de la plebe que en los despachos, curias y gabinetes. La oficialidad del pensamiento exhibe momias embalsamadas, mientras el pueblo vive y piensa más de lo que se cree, se ríe de cuanto se piensa y sabe más de lo imaginado. Se mantiene callado ante la oficialidad rampante y prosigue su curso sin demasiada exégesis innecesaria. Sabio proceder: ve venir, deja pasar y mata callando.

La filosofía engolada, como todas las disciplinas comprimidas, carecen de corazón, son frías como témpanos y casi siempre derivan en ideología o deberes externos sin convencimiento. De sobra sabe el pueblo la enajenación que produce luchar contra gigantes eólicos y gentes de mucha altura. Entiende que la jirafa tiene ideas muy elevadas y la verdadera filosofía trascurre por los llanos de la vida ¡primun vivere, deinde philosophari! Pragmática filosófica, ciertamente.

Hay en los diálogos populares tanta o más mayéutica que en el Sócrates peripatético. Véase, por ejemplo, la prudencia de Sancho Panza, el conocimiento práctico que tiene y la sensatez en la vida, de cómo piensa las cosas y con cuánta lógica lo hace según las circunstancias. El pueblo llano sabe caminar por lo doméstico sin enrevesados silogismos. Tiene su propia hermenéutica y una epistemología que más de algún filósofo quisiera para sí y algún pastor para guiar a su rebaño.

“La razón de la sinrazón” volvió loco a D. Quijote, pero no a Sancho, que supo aplicarla a la albóndiga y al puchero: “al buen yantar llaman Sancho”. La gente común tiene en su haber la filosofía proverbial, que recoge el saber elemental para el que quiere atraparlo. Desde los siete sabios de Grecia ya hay sabiduría esparcida entre el pueblo. No vayan a pensar los catedráticos y politicastros que tienen la caja de las esencias ¡mínime nequaquan! (de ningún modo).

El pueblo raso lleva en sus genes desde antiguo los atributos de la vida razonable sin necesidad de discurso alguno ni sofística disimulada. Un refrán fulmina en una proposición todo un tratado de filosofía y manda a las calderas de Pedro Botero a los pedantes que todo lo enmarañan. En la taberna, por ejemplo, se le toma el pulso al decir de unos y otros, a lo que ocurre en la calle y a lo que se piensa de cuanto acontece en el ágora. De otro modo no te coscas, porque a través de los libros te llega todo filtrado.

Por eso afirmo que el agua del pensamiento lo tiene el pueblo en el pozo de la rúa, a pié del día a día, donde, por lo general, no suele habitar ni el estamento magistral ni los sagrados prebostes. Hay, perdidos por nuestras calles, Sénecas (como supo captar Pemán) que saben más que demasiao, y que en sus sentencias certeras contienen más filosofía que muchos anaqueles de universidad.

Vive en nuestros pueblos una paremiología fecundísima e inasible que le ha servido a sus gentes para entender todos los aspectos de la vida humana, un pozo sin fondo de sabiduría popular que se ha servido de esta botica para las enfermedades del alma a falta de otros aperos a los que no tenía alcance; porque, o no había posibles o, entonces y ahora, no llegaban al ambiente rural, siempre tan desprestigiado cuando les decíamos catetos. Nadie como estas gentes sencillas para entender la vida, con los refranes que la esclarecen, filosofando, en definitiva, sobre la amistad, el amor, la ambición, la envidia, desenredando, regocijando, condenando, ironizando, siempre con gracia y con razón sobre lo que de otro modo no se puede decir mejor.

Sabe la gente del pueblo espigar en la parva mejor que los urbanitas del artificio, cierne el grano y hace granero, como lo hiciera José en Egipto, y tantos otros que no abarcarían estas concisas líneas. Quiero defender y homenajear a las personas anónimas del pueblo que, sin haber tenido la instrucción de las reglas y pautas de los libros, han sido sabios como el que más, prudentes como el mejor y han contenido en su ser tanta cultura como la que los libros pudieran exponer.

Hombres del campo, ganaderos, hortelanos, de todos los oficios y condición que han llevado dentro el astro del saber tanto como si pertenecieran a la Real Academia o hubieran recibido por ciencia infusa la inteligencia del Espíritu sin intervención de varón alguno, como en la Encarnación. Gentes preñadas de saber que lo han adquirido de la observación natural, que lo han heredado en los genes y que siguen ahí, más allá de los dimes y diretes pasajeros, guardando en el arca del silencio el más grande honor que los cielos otorgaron al hombre, sabiduría.

Que, si hubieran tenido instrucción, más de uno sería reconocido entre los gigantes de la humanidad; sin que por ello hayan dejado de ser grandes en lo que son. Siguen siendo la quintaesencia de la cultura, a la que no se le puede poner puertas, por más que los políticos quieran reducirla a lo conveniente, quienes han recibido y sostienen la arqueología de los tiempos, la piedra filosofal y la sustancia alquímica legendaria para transformar la vida en oro.

En cualquier villa de España existe el apotegma preciso en boca del más insignificante paisano. Porque más allá de la apariencia está el alma de un pueblo que vive sentado en un hito del camino, esperando dar razón de su ser a cualquier itinerante que se lo pregunte. Sabiduría de pueblo, gotas de lluvia que te refrescan el alma. Comprobadlo.

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