Hace muchos años, de jovencilla, leí "San Manuel Bueno, Mártir" y se me quedó grabada para siempre la tortura de ese párroco triste y atormentado por su falta de fe pese a ser un cura ejemplar, admirado como hombre santo, bondadoso y humilde. Tenía anhelo por creer en Dios, pero no conseguía tener fe ni confiar en la resurrección de los muertos. Dijo Machado por ese mismo tiempo que "Quien habla sólo espera hablar con Dios un día". Ambos escritores pertenecen al S.XIX con sus preocupaciones hoy trasnochadas. A la gente ya no suele preocuparle hablar con Dios ni tienen anhelo de fe.

Pasaron los años y llegó a Jerez un juez que me recordó a aquel personaje literario, a San Manuel Bueno, no por su tormento religioso sino porque era un juez que no conseguía poner las sentencias que el ritmo de su juzgado le exigía. Un juez que dudaba y al que los legajos se le acumulaban en rimeros en su despacho sobre el suelo, el sofá, la mesa, recordándole las decisiones que tenía en cola. Un juez que dudaba y no era capaz de resolver. Si San Manuel era un cura sin fe, este juez delgadísimo y triste era incapaz de resolver los casos que se le planteaban. Cuando al fin salía una sentencia después de meses por un caso bien simple, la fundamentación era de lo más prolija, como si se hubiera discutido largo y tendido a sí mismo la decisión que tomaba.

Han tenido que pasar años de nuevo para encontrar otro personaje que me ha hecho recordar a san Manuel Bueno y a ese juez cuyo destino ignoro, pero por el que a veces rezo porque lo imagino sufriendo tanto como sufriría yo misma si tuviera que dictar sentencias.

Pedro Sánchez es el tercer personaje que me encuentro a lo largo de la vida a quien el destino pone en el lugar preciso en el que jamás podrá vivir tranquilo ni ser feliz. Un gobernante incapaz de gobernar sin contradecirse a sí mismo, negado para mantenerse en una decisión sea torpe o acertada. Llamarle incompetente no es justo. Pedro Sánchez es Inhábil para gobernar, que es otra cosa. Me lo imagino pidiéndole matrimonio a su esposa diciéndole que quiere acabar con ella, de la misma manera que llegó al gobierno, no para gobernar sino para convocar elecciones. Y así lo creería posiblemente, como cree que se puede decir una cosa y la contraria y ser coherente.

Un cura sin fe, un juez sin capacidad de decisión y un gobernante que se contradice a sí mismo. Qué novela existencial nos hubiera escrito Unamuno.

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