Hace poco vi "Las uvas de la ira", una magnífica película de John Ford, basada en la novela de John Steinbeck. En ellas aparece la crisis de los años 30 en Estados Unidos, que se ensañó en los campesinos más pobres. Una familia de cuatro generaciones, desahuciada de sus campos arruinados, emigra desde Oklahoma a California en un destartalado camión buscando trabajo para subsistir. Llevan todo lo que tienen, sobre todo su dignidad por encima de la penuria. La recomiendo.

Y volví a acordarme de "La Bodega" (1905), novela realista y social de Blasco Ibáñez, que se desarrolla en Jerez y la campiña, y que describe la vida en el campo y las relaciones entre trabajadores y propietarios. Pues bien, "La Bodega" nunca llegó entonces a las librerías jerezanas. Dicen que una conocida familia bodeguera se sintió aludida en los Dupont de la novela y acaparó todos los ejemplares que venían. Posteriormente, en 1930, Benito Perojo la llevó al cine. En Jerez se estrenó en 1931 en el Teatro Eslava y duró en cartel ¡un solo día! "La Bodega" cuenta los tiempos en que las expectativas de los jornaleros se reducían a "casame, jartame y morime".

Hoy el sector agrícola sigue sufriendo y tiene que salir a las carreteras a luchar, aunque los tiempos son distintos. O no tanto: hay una España vaciada ("Las Uvas") y mucha gente del campo que malvive ("La Bodega"). Los bajos precios, las guerras político-comerciales, la subida de combustibles y electricidad, las importaciones sin control, etc. hacen que el campo grite con rabia.

Pero en el campo no todos lo pasan igual. El eslabón más débil sigue siendo la indispensable mano de obra, a la que hay quien niega el salario mínimo, aun sabiendo que con 950 euros no es fácil vivir. El salario no es el problema. Que nunca vuelvan los tiempos del "casame, jartame y morime".

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