Cuando nos enteramos de la noticia, reaccionamos con una ridícula e imperdonable perplejidad: "¿Mendoza Premio Cervantes? Pero si es un autor menor". Luego, cuando se nos pasó el absceso de atrevimiento e ignorancia, recordamos nuestros 18 años y la apasionada lectura de La verdad sobre el caso Savolta; también las risotadas con las que perturbamos el silencio de las huertas de plataneras el verano en que leímos por entregas ese folletín gamberro y desternillante que es Sin noticias de Gurb. "Dos momentos así merecen un Cervantes", pensamos, y cerramos, al menos de momento, la puerta de la estupidez.

Otra reacción -ésta ya más de perro periodístico envenenado por el ambiente de las redacciones- fue pensar si no habría intencionalidad política en la concesión del premio. Quizás -sólo quizás- una de las primeras gestiones que ha hecho Soraya Saénz de Santamaría en ese despacho que dicen que ha abierto en el Gobierno Civil de Barcelona ha sido influir en la decisión del jurado para la elección de Mendoza. No nos pareció mal o, por lo menos, no peor que cuando Rodríguez Zapatero se empeñó en la extravagancia de dárselo a su paisano Antonio Gamoneda. En la España heredera de la emigración, como sabemos, lo del terruño pesa demasiado.

Con la intervención de la Menina o no, el premio a Eduardo Mendoza es todo un acierto, no sólo porque fue el escritor que sacó a la literatura española del laberinto experimental para devolverle el gozo de contar historias -de ahí su éxito de público y crítica-, sino también porque su figura sirve para reivindicar los robustos puentes que unen la cultura catalana con la del resto de España, los mismos que el independentismo se está afanando en volar colocando cargas de rencor en sus tajamares. Escritores como Mendoza o Vila-Matas y editores como Herralde o Vallcorba son la prueba irrefutable de que existe una comunidad cultural española que va más allá de las opiniones políticas y sentimientos identitarios de sus protagonistas. Durante el último gran boicot comercial a los productos catalanes no vimos a un solo lector andaluz dejar de comprar los libros de Anagrama o Acantilado. La unidad editorial de España funcionó a la perfección. El Cervantes a Mendoza es un premio para todos: para los que viven al este y al oeste del Ebro, para los lectores más perezosos y los más exigentes, para la crítica y los comerciantes del libro. Es un premio para el reencuentro y por eso lo celebramos.

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