El miércoles pasado tuvo lugar un desagradable incidente en mi universidad Pablo de Olavide cuando al final de un acto religioso organizado por una asociación universitaria en aula reservada al efecto, consistente en la imposición de la ceniza que marca el inicio de la Cuaresma, algunas personas que se encontraban allí desde el inicio alteraron el normal discurrir del acto alegando con vehemencia en un momento dado (utilizo a propósito la forma de narrar más neutra posible, pues no estuve allí) que aquel no era el sitio adecuado para su celebración, por ser un espacio público y excluir la normativa de la Universidad el carácter confesional de sus actividades.

El incidente ha tenido la lógica repercusión en el seno de la universidad como fuera de ella, y ha provocado la queja tanto de los alumnos que organizaron el acto y consideran lesionados sus derechos más elementales (con los que, y ya de entrada me posiciono, yo me solidarizo), como por otros que, aunque indirectamente pues según dicen son ajenos a los hechos, justifican la actuación de los disidentes, con los argumentos resumidamente expuestos arriba y recogidos con más detalle en comunicado enviado a toda la comunidad universitaria y que firma el Consejo de Estudiantes (CEUPO).

Aunque discrepo de la interpretación que dicho órgano da a los términos "laicidad" y "aconfesional" en su escrito, que en la práctica se confunden, no entro aquí en la valoración de si un acto litúrgico tiene cabida en una universidad pública, pese al precedente notorio de la Hispalense y la ausencia absoluta de perjuicio que de ello se deriva. Lo que no acabo de entender es la negativa a que unos alumnos universitarios que se declaran cristianos puedan constituir una asociación que aparte de sus momentos de oración permita reflexionar, pongo por caso, sobre razón y fe, Iglesia y sociedad, o el viejo y apasionante debate sobre ciencia y religión, incluso con la intervención de ponentes ateos.

Esa es, posiblemente, la mejor manera de que esa diversidad que es cosustancial a la universidad pública redunde además en la formación humana de todos sus integrantes, fomentando el respeto por la posición del otro y excluyendo comportamientos que más bien incitan a lo contrario. Lo propio, en definitiva, de una institución aconfesional, que no laicista, como posiblemente algunos querrían que fuera.

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