Que la juventud lo tiene más difícil es una frase que se repite invariablemente en todas las épocas, quizás, porque ningún joven vive lo mismo que vivieron sus padres a su edad. Lo nuevo se ve menos cierto y muchas veces peor por menos conocido. Se les suele decir que tienen muchas más oportunidades para casi todo, que viven mejor que nunca, pero ahí están los datos de paro, del tiempo de permanencia en casa de los padres porque no se pueden independizar, de la dificultad para encontrar pareja y de la imposibilidad de tener hijos.

Los jóvenes de ahora, si es que tienen suerte, trabajan duro y por salarios bajos no acordes a su preparación. Tienen dificultades a la hora de construir su proyecto de vida porque el largo plazo es un concepto que no se contempla cuando se tienen aún la vida por delante y muy poca confianza en uno mismo y en los demás. Pasan los años y llega un momento que parece que la vida se les detiene y más que vivir una eterna juventud viven una eterna espera. La espera de un buen trabajo, de una pareja idealizada que no llega y de una felicidad que no existe. Mientras, su nivel de exigencia va aumentando, con lo cual, el trabajo, la pareja y el proyecto de una vida feliz se vuelven cada vez más lejanos por irreales y porque todo en la vida, qué se le va a hacer, tiene un pero.

Trabajan en jornadas interminables y cuando terminan aún les queda tiempo para machacarse y rendir tributo a la religión de nuestros tiempos, el deporte, en alguno de sus sagrados templos, los gimnasios. La comida, es algo muy complicado o muy simple, según se mire. Han decidido comer sano que no es como pudiera pensar cualquier ingenuo un potaje de lentejas ni un pollo de campo. Comer sano es desayunar verdura licuada, matar el hambre con bastoncitos de zanahoria a todas horas y elaborar complicadas ensaladas de hojas multicolores y granos desconocidos. Miren las estanterías de los supermercados para ilustrarse. Comer sano es también comer lento y tener la ingenuidad de que somos capaces de engañar al estómago cuando sólo nos engañamos a nosotros mismos.

Lo peor no es nada de esto que seguro que se cura con la edad. Lo peor es el nivel de exigencia, la poca flexibilidad, la intolerancia a todo aquello que no sea ecológico e impoluto, es decir, a casi todo. La mirada inmisericorde hacia el que se equivoca. La falta de sentido del humor. El no saber andar a ciegas. ¿Qué otra cosa es la vida?

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