De nuevo la querida Soledad, rara flor de la Filología, nos manda o regala -los correos personales son regalos, tanto más en esta época cicatera en la que muchos avaros de su tiempo sólo condescienden a compartir a la vez para muchos, de modo que los mismos que andan todo el día pavoneándose en el ciberespacio devuelven cuatro palabras estreñidas cuando el destinatario no es más que uno, como si necesitaran de un mínimo aforo ante el que exhibirse, pobres, y emplearse en las relaciones tête-à-tête fuera un vano desperdicio- un precioso episodio referido, claro, al inagotable JRJ, en este caso relacionado con una hermosa antología que tuvimos el placer de editar, Isla destinada, nombre con el que el poeta de Moguer se refirió a la también llamada isla de la simpatía, esto es, la maravillosa de Puerto Rico donde él y Zenobia, de raíces en parte caribeñas, pasaron sus últimos años de vida. En Desde mi fosa común de Río Piedras, que así se titula la prosa, dedicada a referir algunos de los disparates oídos en sus tiempos de autor invitado por escuelas o universidades, cuenta el desterrado cómo tuvo que desmentir su propia muerte cuando una joven amiga escuchó de su maestra que JRJ, fallecido hacía años, estaba enterrado en la isla. Pero cómo dice usted eso, protestó la muchacha, si vive enfrente de mi casa, y la réplica mereció las burlas de la clase y un reproche por su ignorancia. Sonia Ledee, tal era o es su nombre, acudió entonces a JRJ para que este le diera una fe de vida, en forma de nota de su puño y letra donde el falso finado dejara constancia del error de la profesora. "A Sonia, de su amigo, todavía vivo, aunque no coleando", dice el papelito, que podemos leer gracias a que nuestra Soledad lo recibió muchos años después cuando pudo contactar -algo tienen de bueno las malditas redes- con la ya entonces octogenaria, que se quedó muy sorprendida de que Juan Ramón hubiera puesto por escrito la curiosa anécdota de su muerte anunciada. No pueden suplir estas páginas el encanto de un envío o de un billete, como dicen los franceses, pero valgan hoy para pregonar nuestra propia fe de vida. En las mismas vísperas del inverosímil medio siglo, más vivos que nunca, todavía vivos. Y así lo repetimos, todavía vivos, cuando la temeraria dedicación a una tarea descomunal nos tiene ya descuajaringados e insomnes, sostenidos tan sólo por la pura y terca voluntad del empeño, por el aliento, la compañía y el generoso esfuerzo de tantos cómplices desinteresados. No desesperen, muchachos, pronto estaremos de vuelta -todavía vivos, e incluso coleando- para celebrar y brindar y dar gracias a los dioses de la mano de los leales.

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