La realidad siempre supera a la ficción. O al menos es lo que parece. Nos estamos acostumbrando a asistir en toda la zona a obras teatrales de autores del sur y cosmopolitas que nos dejan con la boca abierta por lo de lo profundo de sus mensajes y por la enorme carga de puesta en escena que nos proponen. Además, ya hace tiempo que somos espectadores acomodados en nuestra sofá, con aire acondicionado de fondo, con una tapita entre los dientes o una copa de algo fresco entre las manos, que ojeamos la televisión tal cual dueños del mundo que nos rodea sin indagar en el fondo de lo que vemos. Somos privilegiados, también, al asistir impertérritos, ahora que estamos en la época de los cines de verano, a alguna que otra película melodramática con guiones muy elaborados, con castings perfectamente cuidados y con un montaje digno de los mejores cineastas de Hollywood. Incluso, somos los elegidos para asistir a espectáculos variopintos en escenarios de verano, en playas, parques o chiringuitos tal cual performance callejeras, con el sudor del mediodía, con las espaldas embadurnadas de cremas solares y sudor o con las estrellas como techo.

Son todas realidades que se nos están ofreciendo gratuita y osadamente para deleite de unos cuantos y quebraderos de cabeza de la mayoría, puesto que nos hacen pensar en demasía; nos hacen tener que escoger entre diferentes tipos de formas de actuar y de pensar, para hacer valer aquello de que, a los ojos de cualquier observador, todas y cada una de las experiencias dejan huella en cada cual en función de la apertura de miras y la cerrazón de mente que tenga con independencia de la relatividad y de la importancia que le atribuya. Es por ello que la llegada de inmigrantes no deja de ser una inmensa realidad. La ficción es lo que somos capaces de hacer o estamos siendo capaces de no hacer.

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