Con eso de las celebraciones de los días mundiales nos estamos acostumbrando a conocer nuestras miserias. Una ventaja que tenemos. Ayer, en medio mundo se celebraba el día mundial de la paz, sobre todo en los patios de los colegios y en las asociaciones afines, derrochando una ilusión entre los más pequeños y en los implicados que siempre es bienvenida. Lo peor es la contrapartida porque desde que Tolstoi escribiera sobre las luchas internas en la Rusia del siglo diecinueve, no hemos hecho otra cosa que fomentar el enfrentamiento y las disputas. En Oriente medio, en toda la costa del Mediterráneo, en Africa, en Corea, en Venezuela y hasta en Jerez. Casi mejor sería afirmar que no hay, en toda el planeta, sitio que se libre de tener algún rifirrafe. Y este ambiente crispado se da por parte de los kurdos de una etnia y de la otra, de los somalíes afines y de los contrarios, de los venezolanos de Maduro y de los de enfrente, de las partes del Brexit, de los taxistas o de los coches privados, de los independentistas catalanes y de los menos por la labor, de los mismos compañeros de partidos políticos, de los que defienden el VAR y de los que no, de los partidarios de la permanente revisable con los que no saben de rejas, de los que prefieren una carrera oficial por una calle o de los que quieren acortar por otra, de los partidarios de un tipo de ciudad del flamenco y de los que salen por peteneras, e incluso de los que viven para joder a los demás como catecismo de vida. Todo conforma un estilo peculiar de dedicarse a malvivir. Una vez que se asumiera nuestra inmortalidad podríamos entender la conveniencia de vivir con más sentido común, dejarse de actuar como animales y asumir que una civilización así está abocada a desaparecer. En todo caso, sería mejor hacer uso de la palabra, de las neuronas, y de algunas otras terminaciones nerviosas responsables de hacer el amor y no la guerra.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios