El viernes pasado ocurrió, en el antiguo edificio que fue Fábrica de Tabacos, al final de la Cuesta de las Calesas de Cádiz, un acontecimiento que, en esta España de nuestros amores y de nuestros pecados, no es nada habitual. Un profesional de los grandes, de esos que realizan diariamente una importantísima labor callada, sólo con el más honorable sentido de la profesionalidad y buscando el único objetivo de conseguir el bien de los demás, recibió un merecido homenaje, todavía, cuando su vida laboral es joven y le queda mucho tiempo, afortunadamente, en su labor. Decía el escritor Fernando Quiñones que cuando, a una determinada edad, empiezan a ofrecerte homenajes, es que , ya, hueles a tierra. No es, ni mucho menos, el caso. Antonio Amaya es un médico, todavía, joven, con una carrera médica muy significativa y un reconocimiento unánime, desde todos los sectores, y sobre todo, por parte de los que, gracias a su saber, han superado todas sus dolencias. Viene esto a ocupar un espacio noticiable, precisamente, por no ser moneda de cambio el reconocer la labor de los que son grandes profesionales cuando su trabajo está en activo y tiene ante ellos un horizonte diáfano. En esta España cainita, más madrastra que madre, valorar lo de los demás es muy poco habitual. Se debe esperar a que la parca se atisbe en lontananza o que el barquito de Caronte esté dispuesto en esta orilla de la laguna Estigia para que te consideren, sino el mejor, sí de los mejores, te eleven al olimpo de los dioses y que te asignen toda una cohetería - esquiva y falsa - en tu honor. Afortunadamente existen excepciones - pocas, pero existen -. El viernes pasado ocurrió y un gran médico, todavía con mucho por delante, con su trabajo en plena efervescencia, ha recibido lo que tanto merecía. Me alegro infinitamente por el Doctor Amaya y más porque se trata de un acto justo y necesario hacia quien se lo está mereciendo día a día . Mañana ya sería tarde.

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