Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Centeno, Víctor, Lucena, Domingo…

Alfa: Mi infancia son machadianos recuerdos de noches de Cuaresma escuchando la sagrada cátedra periodística radiofónica que, en materia cofradiera, siempre supuso y supondrá el programa ‘Saeta’, revista hablada de la Semana Santa de Sevilla cuya cabecera entonaba aquella larga oración en la garganta del cante –en los ungüentos de un alma hecha jirones- según el pulmón devocional de Manuel Centeno. Y es que ya olía a los memoriales del gozo -a la proximidad de la cuenta atrás- cuando en cuadrangular cocina de la calle Valientes el minúsculo transistor proyectaba -como una atronadora liturgia del doméstico tiempo de vísperas- la letrilla de Centeno con un imperativo inicial de carácter visionario: “Silencio, pueblo cristiano”.

arecía un aviso a navegantes de la plural pureza de lo nuestro. Porque, como así esta misma semana -y en tertulia improvisada- han refrendado coincidentemente un alto número de cofrades muy significativos -de los de auténtico peso- de la Semana Santa de Jerez, “parece que existe una moda que quiere acabar con los silencios de la Semana Santa”. Más razón les asiste que a toda la ancha hagiografía encuadernada por la mano maestra del llorado Juan Antonio Vallejo-Nágera. Los silencios de la Semana Santa no necesariamente se circunscriben a cofradías a pie de calle sino a todo un tratado conductual -al margen de los días pasionales- como opción primera. Predomina en la sociedad actual la impostación del ruido. La mascarilla de lo accidental. Como diría y dice el preclaro Víctor García-Rayo -qué delicia de profesionalidad deontológica la suya-: “Ustedes sabrán leer. Y yo además me entiendo”.

Beta: Por cierto, y a colación de lo arriba escrito, inolvidable la frase -por ultrafísica y nada pedestre, con espressione, definitoria, consensus (omnium)- referida en la entradilla del mentado espacio ‘Saeta’ a uno de los supremos inventos que jamás conoció la Historia de la humanidad. O dicho con acento de los Chano Amador y compañía: Sevilla o Jerez o Cádiz o El Puerto de Santa María -qué más da-… “la ciudad que amando y llorando supo crear eso tan indefinible que es… la cofradía”. Amando y llorando, creación indefinible: la cofradía. Ni la literatura bruñida, de calidad de párrafo, de página única, sin mácula, sin hojarasca, de Mateo Alemán o del cofrade Juan Delgado Alba… la hubiesen descrito más certeramente: dardo en la palabra. Palabra que derrama hasta la última gota de sangre en la Protestación de Fe de una renovación anual: sí, por los siglos de los siglos: la cofradía.

Gamma: Al hilo del dictado de esta columna periodística hago alusión al tótum revolútum digital de impactos y seguidores que durante la Cuaresma, como una fontana del maná de miles de oyentes en número in crescendo, ha logrado sumar el experimentado cofrade de la Coronación de Espinas Jesús Lucena con su programa radiofónico online ‘Incienso cofrade’. Rigor y equidad o el paralelismo de entrambos términos. En los jerezanos mentideros cofrades se comenta el gancho personal de Lucena para conformar determinados elencos de invitados en una sola sentada a modo de tertulia abierta. No es por descontado fruto de la casualidad. En reciente programa ha reunido a los tres últimos ex presidentes del Consejo: Fernando Fernández-Gao, Manuel Muñoz Natera y Pedro Pérez. La anterior propuesta igualmente batió récord de audiencia con la asistencia de cuatro consejeros: José Vicente Montoro, Orlando Lucena, Sebastián Romero y Juan Pina.

Jesús tiene voz de radio y se trabaja a fondo los guiones, la escaleta, los cuestionarios. Al estilo de Martín Prieto en su sesudo periodismo nacional de análisis e investigación. Se dice y se comenta que su disciplina informativa puede catapultarle a estadios de mayor oficialidad periodística. Cuenta con una mano derecha excepcional: Domingo Díaz Barberá. Cesare Cantú indicó que “los esfuerzos individuales nos traerán el progreso general”. Ojalá la suerte acompañe al bueno de Jesús. Es cofrade de estirpe en tanto de casta le viene al galgo. Muy de casta.

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