Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerezanos en la cripta de Falla

El viento sopla con tenacidad artesanal en esta mañana que es línea fronteriza entre el arpegio y lo grecolatino. Zumba la metáfora del tiempo con armonía atlántica. La brisa marina también parece cantiñear por tanguillos cuando el frío humedece los aguajes de la nostalgia. Suena un piano sin horas en lontananza. La música se proyecta desde los confines de los jardines en blanco y negro. Cádiz es hoy, jueves 14 de noviembre, una circunscripción de la ciudad que amanece encapotada, como aquella grisura en contradanza oriental que se guarece bajo un sombrero de tres picos. Y sigue resonando, en la escala de lo atemporal, otro piano como verso de rima asonante. La lluvia atenaza toda pasión oculta. Tan así que esta tierra trimilenaria -cuna de la libertad, “clara y fina, un poco peruana y un poco genovesa"- ya nos besa con amor brujo. En clave de sol.

El rito regresa a su ser: reflota cada doce meses como una fuga a ocho voces. Y otra vez este reencuentro- a pie de la cripta de la Catedral de Cádiz- de un número selecto de personas: una decena de gaditanos y dos jerezanos -léase aquí Luis Gonzalo González y quien suscribe-, todos ellos miembros de la Junta de Gobierno -y adjuntos- de la pujante Asociación Manuel de Falla-Ernesto Halffter. Asociación de renombre y referencia nacional que lidera uno de los intelectuales más prestigiados y cualificados de todo el suelo andaluz: Fernando Sánchez García, licenciado en Derecho, abogado, licenciado en Filología Hispánica, doctor en Filosofía y Letras, doctor en Ciencias Sociales y Jurídicas, máster en Mediación por la UCA y académico de número y secretario general de las Reales Academias Hispano Americana y de Bellas Artes de Cádiz, así como académico correspondiente de las Reales Academias San Fernando (Madrid), San Telmo (Málaga), Santa Isabel de Hungría (Sevilla), San Romualdo (San Fernando-Cádiz), San Jorge (Cataluña), Ciencias Históricas (Toledo) y la Puertorriqueña de la Historia, amén de autor de una amplia y premiadísima producción libresca en gran parte especializada en la obra de Falla y José María Pemán.

No. Manuel de Falla no murió en Argentina un 14 de noviembre de 1946. Jamás en exilio ideológico – que no fue hombre belicoso sino arcángel en deidad de abrazo fraternal-: falleció en Alta Gracia tan sólo porque en España aún no se fabricaban dos medicinas del amplísimo recetario que -tal hipocondriaco de ley- figuraba expandido a troche y moche por todo su monacal domicilio.

Manuel de Falla, cuyos restos mortales fueron trasladados in illo tempore a esta cripta tan suya y tan de nadie, regresa a todos nosotros, como un Lázaro envuelto en sábanas de pentagramas, en la fecha señalada de su defunción. En una convocatoria -rezo, ofrenda de un ramo de flores e ilustración musical- que es como un faro antiguo e inmortal que se encalla en la arena de Hércules. Como un nocturno de finura bética que reescribe la magna obra de nuestro homenajeado compositor universal tocado por la mano del Altísimo. Laus Deo. Este encuentro anual -in loco citato- parece dictado por los postulados de Jacques Maritain. ¡Cuánto cristianismo pacifista en la prosa ensayística del filósofo francés!

Cádiz, sí, tan de sal y galanura, abraza -desbrozándola a la misma vez- una reivindicación que huele a vespertinos paseos por los bosques de la Alhambra y a cantata bíblica de seises niños que pusieron timbre a la voz de Dios. Jerez también estuvo a las plantas de la lápida del autor de ‘La vida breve’. Este jueves 14 de noviembre, en la cripta de la Catedral de Cádiz, se irrigó sangre sobre la inmortalidad de un difunto que ni por asomo ha muerto. Y allí, en el recogimiento de su sepulcro, como una visita leal e intransferible, todos leímos por enésima vez, reluciendo letra a letra sobre un mármol de Sierra Elvira, el autoepitafio que el mismo Manuel de Falla redactó para sí: “Sólo a Dios el honor y la gloria”.

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