En tránsito

Nuevos conversos

Los nuevos movimientos 'revivalistas' no se centran en el despertar religioso, sino en otra clase de sucedáneos de la fe

En una carta escrita cuando era muy joven, en 1850, Emily Dickinson contaba que en toda su comarca de Nueva Inglaterra se vivía una epidemia de conversiones religiosas. Gente respetable, seria, intachable, que iba a misa cada domingo, que daba limosna a los pobres, que santificaba las fiestas y que hacía todo lo que un buen cristiano se supone que debía hacer, de pronto caía en un extraño trance espiritual y se veía en la necesidad de proclamar a los cuatro vientos su renacimiento a la nueva fe. Y a partir de ese momento, el renacido no dejaba de participar en toda clase de ceremonias comunitarias. El fenómeno -según contaba Emily Dickinson- era imparable. Primero se dejó arrastrar su padre, y luego le siguió su hermano, y luego sus dos hermanas, y luego también sus primas y las amigas de sus primas. Pero ella, Emily Dickinson, no quiso participar en ese movimiento que tenía muchos rasgos de simple histeria colectiva. "Yo soy de las malas que aún quedan", escribió en la carta, y siguió dedicándose a las cosas que de verdad le preocupaban: escribir poemas, salir al campo y observar la vida desde su ventana. Es curioso, porque si había una persona con una marcada vida espiritual en esa comunidad de Nueva Inglaterra, esa persona era Emily Dickinson. Pero ella no se dejaba llevar por las epidemias de histerismo colectivo.

Ahora, cuando la religión cristiana parece haber perdido casi toda su influencia entre las masas, es fácil suponer que estas oleadas de conversiones han desaparecido por completo. Pues no, no es así: siguen muy activas. Lo que pasa es que estos movimientos revivalistas -o de renacer espiritual, como se llamaban entonces- no se centran en el despertar religioso, sino en otra clase de conversiones a otro tipo de sucedáneos de la fe religiosa. Y con el mismo fervor y la misma histeria de los antiguos revivalistas, los nuevos conversos abrazan el veganismo, el animalismo, la lucha contra el cambio climático, las teorías queer más extremas o el feminismo radical. En muchos casos no se trata de una actitud racional, sino de una nueva manifestación de la fe que tiene todas las características de un fenómeno paranormal. Y estos nuevos conversos son los que dictan la agenda política y están marcando objetivos y programas e incluso agendas para el futuro. Es tremendo, sí, tremendo.

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