NO hay progresista en estos últimos días que se resista a calificar a la derecha sin complejos como trumpista. Se lo han leído a algún sesudo politólogo- de aquí o del otro lado del charco- publicado en algún medio amigo y retuiteado hasta decir basta. Como parte de un argumentario asumido con gusto, tertulianos de profesión y opinadores de lo que haga falta quedan de fábula con el respetable ante tal despliegue de modernidad y tolerancia. Que te llamen trumpista es lo peor, la síntesis perfecta del populista, racista, machista, xenófobo, maleducado y con ínfulas de imperialista. No existe calificativo más despreciable. Hay una parte de la derecha, la de aquí y la de allá, a la que le aterroriza que la confundan con esa especie de conjura fascista que está a punto de sacar los tanques a la calle para llegar al poder. Y otra, que da por descontado que hagan lo que hagan, digan lo que digan, la izquierda los tildará de extremistas facinerosos porque todo lo que hay a la derecha del socialismo es ultra; así que se han dedicado a defender lo que creen y combatir las ideas del adversario y en algún caso, a esquivar adoquines. Madrid nos ha enseñado que la gente -eso que muchos llaman el pueblo o la mayoría social-, es más libre de lo que algunos pensaban, que su voto es suyo y no está cautivo en esta especie de dictadura de los del dogma de o me votas o eres un facha.

En vez de hacer autocrítica han frivolizado con el resultado llamando tontos y tabernarios al pueblo sencillo del otrora cinturón rojo del que creen que sólo les importa ir de cañas en vez de poder levantar cada día la persiana. Ayuso es la nueva dama de hierro en un partido en el que el Jefe tiene guantes de seda y pies de plomo y un futuro que cree que se le ha puesto de cara. Debería ser prudente, en Madrid han votado a Ayuso antes que al PP.

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