Los que cardan la lana

A algunos les ha sorprendido el tono faltón que empleó el otro domingo Ortúzar para referirse al resto de los españoles

MIENTRAS en Cataluña los apóstoles del independentismo continúan erre que erre con su cansina cantinela de soberanía y autodeterminación, y ya se permiten hasta el lujo de organizar su kale borroka particular para saludar la esperada sentencia del procés ante la generalizada indiferencia del personal, en la otra orilla del secesionismo español han subido el tono de sus por lo habitual comedidas intervenciones con motivo de la celebración del Aberri Aguna, el día de la patria vasca.

Sin hacer mucho ruido que despierte los recelos del resto del Estado, por lo bajini, los nacionalistas vascos vienen trabajando en la elaboración de un nuevo estatuto de autonomía que refuerce sus ya consolidadas posiciones y prebendas del actual de Guernica e incluya un salto cualitativo en forma de derecho a decidir, mirando de reojo los avatares de la cuestión catalana que amenaza por estallar en cuanto el Supremo diga su última palabra y ésta sea violentamente contestada en las calles y en las moquetas de los despachos oficiales, con su inevitable resaca en la hoja de ruta del nacionalismo vasco, de cuyas conexiones y complicidades cada vez se encuentran más pistas.

Porque en España coexisten en realidad dos proyectos excluyentes de separación: uno antipático y descarado, expuesto con manifiesto desprecio de la legalidad, situado más allá de los límites razonables de la convivencia, con el complejo de culpa de una gestión lastrada por una corrupción estructural y oligarca; y otro más pacífico y taimado, aparentemente tranquilo y agazapado tras los beneficios fiscales de un régimen fiscal insolidario propio de otro siglo, que sin embargo no ha perdido un ápice de esa indisimulada aspiración soberanista de un nacionalismo de corte más rural y santón incubado hace ya años en las turbulencias económicas y sociales de la España de la Restauración.

A algunos les ha sorprendido el tono vehemente, incluso faltón, que empleó el otro domingo Andoni Ortúzar para referirse al resto de los españoles, con la figura muda y hierática del lehendakari al fondo. Más sorprendente resulta cómo unos y otros corren a lisonjearlos cuando necesitan sus (carísimos) votos en el congreso, aunque después (que le pregunten a Rajoy) te dejen tirado con esa frialdad sibilina de la mejor escuela de Deusto. Porque, en esto como en otras cosas, unos tienen la fama y otros cardan la lana.

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