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El domingo pasado pudieron ustedes encontrarse paseando por las calles de Jerez al ministro de Cultura y Deportes José Guirao. Iba acompañado del pintor de Sanlúcar Garikoitz Cuevas cuya exposición en la Sala Pescadería acababa de poner su punto y final, después de un tiempo de manifiesto éxito. Su presencia en la ciudad se debía, precisamente, a que venía a contemplar la obra del pintor sanluqueño a quien le une una estrecha y vieja amistad. Me pregunto si el ministro, en su paseo jerezano, fue consciente del lamentable estado en el que se encuentran las calles. Si no lo fue, seguramente, sería porque iría embebido en las explicaciones que sobre su especialísima pintura le iría dando el artista, pues seguro que tuvo que sortear muchas losas del pavimento levantadas o esos bochornosos baches que tiran de espaldas y rompen piernas y brazos, por no decir tantas caquitas de perros como se encuentran por todos sitios. Por cierto, mientras se esperaba la llegada del ministro almeriense a la Sala Pescadería, un perrito hizo su necesidad casi en la puerta por donde tenía que entrar tan ilustre visitante. Ante la mirada atónita de los que allí estábamos, la buena señora dueña del can, expuso, con toda la naturalidad del mundo, que no llevaba bolsita para limpiarlo. Siguió su camino y dejó a todo el mundo con dos palmos de narices. Hubo que limpiar la escatológica acción perruna pues todo un señor ministro esperaba. La ciudad está sucia, muy sucia, pero el personal tampoco pone de su parte para arreglarlo. Así nos va. Menos mal que a Don José, el ministro, le entusiasmó la exposición de pintura, admiró su vehemente naturaleza matérica y le encantó el espacio de Pescadería. Todo no iba a ser pobres argumentos de una ciudad necesitada a la que le sobran valores pero le falta conciencia ciudadana.

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