Noviembre, siempre se ha dicho, es el mes de los muertos. La costumbre andaluza de visitar cementerios y recordar a los difuntos se mantiene a duras penas frente a la intranscendencia creciente de una sociedad desnortada como la que estamos conociendo. Recordar a los difuntos no quiere decir recrearse en la muerte, pero que al menos dos días al año se mantenga un espacio para tomar conciencia de la finitud de la vida no supone nada en la vorágine insustancial que nos acosa.

Estos días de setas, castañas y el color ocre de las hojas caídas en el suelo invitan a recogerse en la intimidad del hogar, leer a los poetas románticos y volver a la infancia a través de aquellos olores que quedaron impregnados para siempre. Noviembre, como diría algún integrista, es un buen mes para morir. Así lo hicieron Cernuda, Rafael Laffón y Joaquín Romero Murube, entre otros. En este año de conmemoraciones y fastos múltiples se cumple medio siglo de la muerte repentina, como solía decirse, del poeta que defendió a su ciudad de la barbarie urbanística de los sesenta y que solía pagarle con la irónica frase de las cosas de Joaquín.

El 4 y el 5 de noviembre son fechas emblemáticas en el obituario poético hispalense. Rafael Laffón, el poeta del buen recuerdo, fallecía en su casa del barrio de San Lorenzo pasando a la historia de la Generación del 27 como uno de los fundadores de la revista Mediodía. Esquivo y retraído, signo inequívoco del sevillano atípico, optó por quedarse en su ciudad como el triste y melancólico José María Izquierdo, aquél pendón de bandería local para unos cuantos compadres que no podían entenderle, como se le define en Ocnos.

Fue la madrugada del 4 al 5 de noviembre, allá en Coyoacán, México, cuando aparecía muerto Cernuda en un pasillo de la estancia que le había cedido en su casa Concha Méndez. Nunca olvidaré esa fecha. Según dijeron los médicos el fallecimiento ocurrió sobre las cinco menos veinte. A la misma hora de esa madrugada, unos años después, moriría mi padre. Nunca compuso un verso, pero era todo un poeta, un ilustre ágrafo, como diría Carande. No escribió, pero supo ponerle a la vida el valor necesario para salir adelante en situaciones poco proclives a crear un universo poético o una ficción imaginativa. La vida para él no fue un camino de rosas, pero hizo lo posible para que tampoco lo fuera de espinas.

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