L era de internet, de las redes ultramodernas, de los adelantos más insospechados, de los ordenadores que todo lo hacen, lo buscan y lo encuentran, de la robotización más absoluta, de los móviles de ultimísima generación, esos que asustan, te predicen el tiempo, te hacen la compra, te pagan las entradas de los toros, del fútbol y hasta el paquete de tabaco y, a veces, también, te permiten hablar por teléfono. El tiempo en el que se quiere llegar a Marte, el de los coches sin conductor y sin gasolina, el de la información al minuto, el de los mecanismos más sofisticados, el de los trenes limpios y sin retraso, el de... Sí, estamos inmersos en una sociedad en la que casi todo es posible gracias a unos extraordinarios y casi incomprensibles estamentos que posibilitan que vivir sea hasta más fácil - para algunos -. Sin embargo, en este mundo dominado por la macrotécnica, por el cientifismo extremo, por la informática abrumadora; en esta sociedad de supremas capacidades para todo, cuando las noticias te llegan antes de que hayan terminado de producirse y todo está dominado por la velocidad y el dinamismo, todavía necesitas varias horas de interminable espera y colas desesperantes para renovar el carnet de identidad. Es incomprensible en el tiempo que estamos que se tarde tantísimo en los trámites para una simple renovación. Pobres y pacientes ciudadanos se exasperan, pasan frío o se achicharran al sol durante varias horas a las puertas de la comisarías para un vulgar y, creo, no tan dificultoso proceso de renovación de documentos. Quizás la modernidad esté a la orden del día en casi todo, pero en el caso del denei, el tiempo de Mariano José de Larra es, aún, una auténtica realidad.

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