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La firma sobre una obra de arte supone, casi siempre, una sólida base sobre la que levantar el catálogo de la producción de un autor. Su valor supera incluso al de los propios documentos, escasos y, con no poca frecuencia, susceptibles de interpretaciones. Pero, más allá de la catalogación, una obra firmada viene a ser un reconocimiento que hace el artista de sus propias dotes, un orgulloso mensaje dirigido a la sociedad presente y futura. Como es lógico, estas inquietudes nacen en contextos muy concretos. En Jerez, la rica actividad constructiva del siglo XVI dio lugar a que algunos de los grandes arquitectos locales tuvieran el atrevimiento de grabar, con indisimulada ostentación, sus nombres en los edificios que dirigieron. En el campo de la pintura, frente a lo que pudiera esperarse, firmar no se generalizó hasta que en el XIX este arte alcanza un mayor desarrollo en la ciudad. Punto y aparte es la escultura. Su condición, por lo general, religiosa y devocional, obliga a que esa voluntad de perdurar del imaginero se exprese con una peculiar mezcla de vanidad y misticismo. Entonces la firma se oculta, se convierte en un mensaje secreto, una verdad revelada sólo a unos pocos.

En fechas recientes he tenido la suerte de dar a conocer algunas de estas piezas. La última de ellas es un Niño Jesús conservado en el convento de Santo Domingo. Sobre el pecho, junto al Sagrado Corazón del Divino Infante, escribió el sevillano Gabriel de Astorga su nombre y la fecha de su realización, 1861. Un detalle oculto por una túnica bordada que sólo ha podido conocerse tras ser bajada la imagen del retablo donde había permanecido durante años.

Estos hallazgos casuales permiten suponer que aún nos esperan en rincones no transitados de nuestras iglesias más sorpresas por descubrir, más pequeñas piezas perdidas del puzle de la Historia del Arte.

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