LAS MENTIRAS DELBARQUERO

jesús Rodríguez

El retrato de mi bisabuelo

LA primera vez que don Juan Tapia visitó mi casa se quedó sin palabras al ver el cuadro del general de caballería Juan Prudencio Rodríguez Rumeu, mi bisabuelo, que tengo colgado encima de la chimenea.

No me extrañó porque todas mis visitas se quedan mirando fijamente el cuadro, momento que yo aprovecho para presumir de antepasado, relatando sus batallas con el mismo entusiasmo con que mi abuela me las contaba. Siempre me ha parecido que nadie ha dejado de sentirse impresionado por aquél hombre singular.

El retrato está pintado al óleo y cualquier experto advierte enseguida que el artista no era nada del otro mundo, aunque los trazos sueltos y seguros de su pincel demuestran que tenía mucho oficio. Reflejó a mi bisabuelo vistiendo el uniforme de la Orden de San Andrés: casaca azulina con solapas y bocamangas rojas; doble botonadura, en oblicuo de hombro a cintura; y charreteras de oro. De parte a parte del pecho, luce una banda celeste purísima de moaré y sostiene sobre su brazo derecho un ros acharolado. Se dice maliciosamente entre las órdenes militares que el diseñador de la sanandresina quiso crear un vestido que superara al del pavo real, el más imponente de los que se le han ocurrido a Dios.

Para los que no han visto el cuadro contaré que el general presenta una nariz fina, de caída suave, que da a su rostro cierto halo de fragilidad. Quizás también él lo percibiese y, agobiado porque la cara sea el espejo del alma, para endurecer la suya en la medida que corresponde a su aguerrido oficio se dejó crecer un tremendo bigote, cuyos extremos se retuercen en dos finas volutas. Lo que presta carácter a su cara, sin embargo, son los ojos, que espejan una tristeza desalentada y contenida, como si adivinaran el destino sombrío de la patria a la que servía.

Nada más verlo, don Juan me dijo:

-Espléndido personaje. ¿Quién es?

-Prudencio Rodríguez Rumeu, mi bisabuelo -respondí con orgullo-. Fue edecán y asesor del capitán general Polavieja, en Filipinas.

-¿Asesor de Polavieja? -replicó él con una sonrisa-. Esperemos que no fuera suyo el consejo de procesar a José Rizal. Si no lo hubieran condenado a muerte y fusilado no se habría convertido en mártir de los independentistas y España no hubiera perdido la provincia de Filipinas de manera tan lamentable a cómo la perdió.

Yo callé porque en varias de las cartas que el general escribió a mi bisabuela se quejaba de que Polavieja no atendiera su consejo de enjuiciar a Rizal. Con tristeza debo reconocer que es muy posible que la prudencia sea virtud que adornó a mi bisabuelo sólo en el nombre. Decidí cambiar la conversación:

-El pintor es regular…

-Estoy recordando -me interrumpió don Juan- que tengo en casa un grabado que representa una de las batallas de Filipinas. En él aparecen varios de los generales que participaron en ella y seguramente entre ellos estará su bisabuelo. Se lo voy a regalar. Lo guardo en el trastero porque es muy grande y no tengo dónde colgarlo. El trabajo es muy bueno.

Me sentí entusiasmado. Mis visitas no solo conocerían la deslumbrante pinta de mi bisabuelo, sino que podrían admirarlo en medio de fragor de la batalla.

-Gracias, don Juan -contesté nerviosamente-. Le encontraré el sitio que merece.

El caso es que a los pocos días sonó el timbre. Abrí y allí aparecieron don Juan y El Remolinete, el aparcacoches de la plaza en la que él vive, con un paquete enorme. Don Juan sudaba como un pollo; el Remolinete en cambio llevaba una sonrisa en su cara. No me extrañó porque todo el mundo sabe que el muchacho, aunque muy servicial, es simple rayando en la necedad.

-¿Dónde lo ponemos? -preguntó don Juan jadeando-. Pesa mucho y, como no podía con él yo solo, le he pedido a éste que me ayude.

El Remolinete amplió todavía más su sonrisa bobalicona. Señalé el salón, donde yo ya tenía preparado un testero junto a la chimenea, justo al lado del retrato de mi bisabuelo.

Desde que don Juan me habló del cuadro no había parado de darle vueltas al sitio en que mejor luciría… Y, la verdad, el que mejor ocasión me diera de relatar los méritos militares de mi antepasado.

-Ahí -dije señalando el testero, que presentaba las señales de los cuadros que había descolgado para colocar ése-. Voy a por mis herramientas para colgarlo… Remolinete, ve desempapelando el…

Lo miré. Estaba embobado en el cuadro de mi bisabuelo.

-Joé, qué tío. ¿Quién es? -dijo-.

Me disponía a contar sus méritos militares, cuando El Remolinete, señalando el uniforme, preguntó:

-¿Y qué era, domador de leones?

Don Juan soltó una carcajada. Yo, pasmado, no supe qué contestar y me limité a negar con la cabeza. Al día siguiente decidí descolgar el cuadro y guardarlo en el vestidor, porque no dejaba de atosigarme la idea de cuántos de mis visitantes, ajenos a las Órdenes Militares, habrían pensado, sin decirlo, lo mismo que El Remolinete.

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