PSOE

El Guerra y la paz

  • El viejo PSOE sevillano se reconcilia con el ex vicepresidente y lo encumbra como uno de los grandes referentes de la historia del partido

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La escena es la siguiente: el Califa y el Bautista, acompañados de monseñor, escuchan, atentos, reconciliados, al Guerra. Es miércoles en Sevilla, y el Guerra no puede ser otro que Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno durante 10 años y número dos del PSOE durante 20. El Califa es José Rodríguez de la Borbolla, el Bautista es el senador socialista José Caballos y monseñor es Carlos Amigo Vallejo, cardenal y arzobispo de Sevilla en las décadas en que Guerra, Borbolla y Caballos, además de Chaves, González y otros sevillanos, anduvieron peleados en las batallas internas que finalizaron con la derrota de los guerristas y la anotación de bastantes cadáveres políticos en la pizarra. Borbolla y Caballos, víctimas de aquellas guerras, se han reconciliado recientemente con Guerra, otro derrotado a su manera, y allí estaban los tres, en el Día de la Provincia, celebrando la declaración de Hijo Predilecto de quien hoy es uno de los grandes referentes de la historia del partido.

Guerra, junto a Susana Díaz, Ana Rosa Quintana y Rodríguez Villalobos. Guerra, junto a Susana Díaz, Ana Rosa Quintana y Rodríguez Villalobos.

Guerra, junto a Susana Díaz, Ana Rosa Quintana y Rodríguez Villalobos. / EFE

Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) no ha dejado de residir en la ciudad de Sevilla, aunque ha permanecido ausente y extraño a cualquier acto político y social. Como mucho, se le podía ver algunas tardes camino de los cines Avenida, los únicos que proyectan películas en versión original. Sin embargo, su retirada como diputado por esta provincia a finales de 2015 ha supuesto su reactivación política. Nunca dejó la cosa pública, pero es ahora cuando se le está viendo en conferencias y actos. “La deriva del nuevo PSOE ha hecho que nos volvamos a unir los del viejo PSOE”, explica uno de aquellos militantes coetáneos de la foto de la tortilla, emblema fundacional del socialismo andaluz de la Transición.

Las guerras guerristas

En 1985 se desató en Sevilla una de las batallas más duras dentro del partido. El entonces presidente de la Junta, José Rodríguez de la Borbolla, salió en defensa del secretario provincial, José Caballos, en su desafío al mismísimo Guerra. “No entregaré la cabeza del Bautista”, proclamó entonces Borbolla, pero con el tiempo cayeron ambos. Borbolla dejó la Presidencia, Chaves le sustituyó, primero con el apoyo de Guerra y después en contra suya, y Caballos entró en 'stand by'. Después de aquello, Borbolla se convirtió en una suerte de intocable en el PSOE andaluz, nadie se le acercaba, pero Guerra dimitió y la batalla pendiente comenzó por Andalucía. Manuel Chaves, con otros aliados, fue ganándole a Alfonso Guerra provincia a provincia, hasta que al final se hizo con la secretaría general. Otros tiempos, pero cuyas heridas han durado hasta hace meses.

Fue José Rodríguez de la Borbolla quien tomó la iniciativa de su reconciliación personal con Guerra, asistió a una de sus conferencias, se saludaron, hablaron y quedaron para almorzar. Y hasta hoy, va a sus homenajes. Guerra y Caballos también están reconciliados. El ex vicepresidente se volcó con su antiguo contrincante y con su esposa, Mercedes Gordillo, con motivo del fallecimiento de una de sus hijas. Hermanos de sangre. Y hasta ahora.

Borbolla está recomponiendo aquella red de amistades. Manuel Chaves también ha sido captado por este príncipe de la paz. Sólo cae recordar que los presidentes de la Junta nunca han perdido las elecciones, sino que se han sucedido por dimisiones, ceses o designaciones que acabaron mal. Escuredo dimitió, y le sucedió Borbolla. Éste tuvo que dejar paso como candidato a Chaves, y Chaves a Griñán, otros amigos a los que el tiempo separó. Susana Díaz, que es de otra generación, nunca fue antiguerrista, siempre le guardó la misma admiración que a Felipe González, el otro sevillano del tándem de Suresnes, y Guerra le correspondió con su apoyo en las primarias que jugó contra pedro Sánchez. En España, hay muchos partidos que alardean de consulta a las bases, pero la única dirección que siempre pierde es la del PSOE. Seguro que a Iglesias no le ocurre lo mismo hoy.

Patriotismo de izquierdas

Pero Guerra es más que un encaje en una red de viejas amistades recompuestas. El ex vicepresidente ha asumido un papel de referencia en la reconciliación del PSOE con el patriotismo español. Esto es complicado. La izquierda que salió del franquismo odió, por razones obvias, cualquier brote de nacionalismo español. Franco utilizó un patriotismo que no había sido exclusivo de las derechas, lo combinó con el catolicismo más conservador, y engendró una ideología totalitaria que llegaba a todas las instituciones e incluso a la vida privada de los españoles.

Alfonso Guerra lo ha explicado esta semana. A principios de ésta, intervino en el ciclo Letras en Sevilla, donde sostuvo que “facha es el adjetivo predilecto de los impostores de la izquierda de salón”. Hoy, facha es todo el mundo que no comulgue o con esa izquierda o con el independentismo catalán. El periodista Jesús Vigorra entrevistó en Canal Sur esa misma tarde al ex vicepresidente, y en esa casa se extendió sobre ese mal original de la izquierda española. Claro que hubo sus motivos, pero Franco, como recordó, murió hace 40 años y la Guerra Civil acabó hace 80 años. Algunos de aquellos combatientes republicanos todavía puede sentir sarpullidos ante el emblema nacional, pero el rechazo de cualquier chaval nacido después de los ochenta es puro pose equivocado.

Guerra nunca fue mucho de pluranacionalidad, más bien ha sido un jacobino que hoy reivindica a grandes patriotas como Fernando de los Ríos o Max Aub, el más mestizo de los españoles. “Si alguien grita 'Visca Catalunya' es un patriota, si alguien grita 'Gora Euskadi' es un héroe, pero si dice 'Viva España' es un facha”, sostuvo el ex vicepresidente. Sus últimos años en el Congreso los dedicó a presidir la comisión constitucional, que fue la que “cepilló” el Estatuto de Cataluña que salió del Parlamento de la Ciudadela. Entre los 'indepes' más hiperventilados Guerra es visto como otro Felipe V.

Alfonso Guerra sostuvo desde sus tiempos de Gobierno que él era el político español más moderado. Bueno, la derecha nunca lo pensó, fue el más odiado, el más criticado, el de los patos de Doñana, el avión de Portugal y el del caso Juan Guerra, aunque buena parte de ella también se ha reconciliado con él y le reconoce al día de hoy su valía como hombre de Estado.

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