Andalucía

Un salto de la reja menos sosegado

  • El encuentro con la Virgen del Rocío se produjo a las 03:12, más temprano que el año anterior No se dejó el pasillo libre y el paso tardó 20 minutos en salir del santuario

Los almonteños -todos y no unos pocos- son dueños y señores de la procesión de la Virgen del Rocío. Ellos marcan los tiempos y la intensidad de las actos. Lo hacen año tras año, pero siempre introducen cambios en el desarrollo de la romería.

En esta ocasión ha vuelto lo que viene en llamarse "organización desorganizada", después de dos años de cierta calma, sosiego y hasta pulcritud. El lunes de madrugada volvieron a repetirse imágenes que se pensaban olvidadas para siempre. Esas que han hecho universal la romería almonteña.

Eran las 03:12 cuando comenzó la procesión de la Blanca Paloma. De nuevo, nada más que el Simpecado de la Hermandad Matriz asomó por el dintel del santuario se produjo el encuentro y los almonteños sacaron a su Patrona en volandas. El salto se produjo 14 minutos antes respecto al año pasado, cuando fue a las 03:24, tras varias horas en el interior de la basílica a la espera de la llegada del Simpecado tras el rezo del rosario.

La salida de la Virgen no fue como la del año pasado, tranquila y marcada por una organización que hasta entonces era inimaginable. Aunque, al igual que en 2013, se dejó libre el pasillo central del santuario, gracias a un cordón humano protagonizado por almonteños para permitir que el Simpecado alcanzara el altar y se posicionara frente a la imagen con facilidad, muchas cosas cambiaron y casi nada fue igual.

El santo rosario, en el que participan todas las hermandades, comenzó un poco más tarde de la hora prevista. Para entonces ya había algunos almonteños sentados en los escalones de la reja para ser los primeros en asir las andas y los varales del paso de la Reina de las Marismas, a pesar de que el cinturón humano para dejar libre la nave central se dejaba notar.

Mientras algunos romeros comenzaban a tomar posición en las naves laterales para poder disfrutar de un lugar estratégico donde contemplar la salida de la Virgen, para vivir de primera mano cada una de las emociones y sensaciones que se producen en el interior del templo durante salto y el inicio de la procesión. La Virgen esperaba sola en su paso de plata en el presbiterio mientras continuaba la letanía del rosario y los primeros almonteño comenzaban a impacientarse, porque la espera se antojaba ya demasiado larga.

Después de varios momentos de tensa calma se produjo el primer intento serio de saltar la reja. Eran alrededor de las 02:30, y para entonces el santuario era un hervidero que apenas podían controlar la camarista y el santero. Los encargados del cinturón, incapaces de contener a los más entusiastas, habían tirado la toalla.

La aparición del Simpecado por la puerta de la basílica desató el entusiasmo de las cientos de personas congregadas en su interior que, con sus palmas y vítores, animaron a los almonteños, aunque éstos no necesitaban ya ninguna ayuda para lanzarse al encuentro con la Señora.

Como había ocurrió otros años, ni siquiera se esperó a que el estandarte alcanzará completamente el altar. De nuevo se precipitó el momento del salto que, según marca la tradición, debe de producirse al despuntar el alba. En ese instaste se procedió a abrir la puerta de la reja para que el Simpecado, zarandeado de un lado para otro, pudiera presentarse ante la Blanca Paloma. Decenas de almonteños accedieron al paso de plata entre palmas de ánimo y vítores de todos los presentes, pero sólo unos poco llegaron a las andas y los varales, mientras que el resto tuvo que permanecer detrás de la reja.

El siguiente paso fue bajar a la Señora de la peana donde había sido colocada semana antes tras descender la del altar, pero el revuelo dentro del presbiterio era tal que para sortear el desnivel fueron necesarios varios minutos, el tiempo necesario para que comenzara a imperar cierto orden. Por fin, los almonteños lograron enderezar el palio de plata de su Patrona y abrirse paso entre la multitud para iniciar el camino que separa el altar de la puerta de la ermita.

Para entonces, el cinturón ya no existía ni tampoco el pasillo libre. Entre el tumulto, la Virgen apenas podía avanzar y el paso se fue inclinando de nuevo para uno y otro lado, con un templo repleto de clamor.

Con todo, después de unos veinte minutos la Virgen del Rocío se asomó a la marismas, después de que los almonteño mecieran el paso tras levantarlo y enderezarlo completamente para júbilo del todos.

En la explanada la esperaba la mirada de miles de personas que se habían dado cita delante y en los alrededores del templo, mientras se sucedían los vivas y aplausos y se alzaba el repique de campanas. Entonces el gentío pudo ver su cara. Los primeros pasos de la Blanca Paloma ya en el exterior fueron un tanto dubitativos y sin rumbo fijo, y se desplazaba de un lado para otro pero siempre a hombros de los almonteños, que se afanaban para que no tocase el suelo.

Tras permanecer un rato delante del santuario, comenzó el recorrido al encuentro de los simpecados de las hermandades filiales. Como siempre, la primera en ver a la Reina de las Marismas fue Huévar.

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