Crítica 'American Pie: El reencuentro'

Más de lo mismo… pero peor

American Pie: El reencuentro. Comedia, EE UU, 2012, 113 min. Dirección y guión: Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg. Intérpretes: Jason Biggs, Alyson Hannigan, Chris Klein, Thomas Ian Nicholas, Tara Reid, Seann William Scott, Mena Suvari. Fotografía: Daryn Okada. Música: Lyle Workman.

En 1999 American Pie, inmenso éxito de público, dio un empujón decisivo a la moderna comedia grosera americana (llamada por sus defensores Nueva Comedia Americana). La habían iniciado los Farrelly con Algo pasa con Mary un año antes, extremando las necedades y estupideces de sus anteriores Dos tontos muy tontos (1994) y Vaya par de idiotas (1996), a su vez herederas de la comedia desmadrada para adolescentes de los 70 (Desmadre a la americana) y los 80 (Porky´s, Los albóndigas en remojo).

Desde entonces este subgénero ha dado títulos de dudosa gloria pero de gran éxito como Virgen a los 40, Supersalidos, Zoolander o Lío embarazoso. Este éxito es un buen (aunque desolador) índice de la regresión de los públicos cinematográficos.

Como los críticos tenemos que escribir sobre todo lo que se estrena, sin esa envidiable capacidad de selección de la que gozan los colegas que se ocupan de libros o de música; como queda muy mal y muy rancio mostrar falta de sintonía con lo que consumen los más jóvenes; y como desde los años 60 la grosería goza de prestigio transgresor -lo que viene estupendamente al sistema, que además de potenciar estos engañosos desahogos se lucra con ellos-, muchos colegas se han convertido en sesudos analistas y convencidos cantores de estas comedias. Una especie de botox intelectual.

Han pasado los años y los amigos de American Pie han envejecido sin madurar. Como los guionistas y realizadores de esta película -Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg- a quienes se debe esa joya titulada Dos colgaos muy fumaos: fuga de Guantánamo. Y lo peor es que deciden reunirse para recordar los viejos tiempos y celebrar la promoción del 99. Pajillas torrenteras, chistes rancios de mariquitas, tanguitas en la cara, gags seminales, escatología sólida, líquida y gaseosa... Todo lo que cabe esperar de la línea transgresora propia de estas películas que tanto se ha celebrado. El problema es que entonces y ahora lo que se transgrede es la inteligencia, no las convenciones o lo políticamente correcto. Las reflexiones sobre el paso del tiempo y los fracasos personales, que intentan dar una cierta nobleza nostálgica al engendro, lo empeoran. Es más de lo mismo... Pero peor, más flácido y más descaradamente conservador (en el peor sentido de la palabra).

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