La Rotonda

rogelio rodríguez

Con el 155 en la boca

El separatismo atávico proseguirá su cruzada pero, por ahora, tendrá que batirse en retirada

Las crónicas de septiembre anunciaban un octubre desbocado y, aunque ha entrado con pies planos, no tardará en cumplirse la previsión. Al independentismo catalán se le gripó la Diada y el segundo aniversario del fracasado alzamiento del 1-O discurrió con mucho ruido y pocas nueces; bien por la división entre los partidos cismáticos en cuanto a estrategias de ruptura y espacios locales de poder; bien porque los resultados no casan con lo que proclamaban sus líderes durante la asonada, o, quizás, porque, además, las más iracundas hordas soberanistas economizan esfuerzos a la espera de que el Tribunal Supremo dicte sentencia contra los dirigentes encarcelados por el procés, hecho que se producirá, casi con toda seguridad, entre el martes y jueves de la próxima semana, o, a mucho tardar, antes del día 18, fecha en la que los Jordi cumplen los dos años de prisión preventiva. "Y todo indica -me dice un hábil espía- que, salvo giro copernicano, la decisión mayoritaria de los magistrados es que Junqueras, Forcadell y compañía pasen muchos años entre barrotes, ya que van a apechugar con el delito de rebelión".

La cuestión es determinante, pues el veredicto del Supremo, sea por rebelión o así fuera por sedición, obligará a clarificar posturas a fuerzas políticas tan constitucionalistas como dubitativas, caso del PSOE, y las formaciones soberanistas, por mucho que insten a la insurrección popular, comprobarán, ahora sí, que el orden constitucional se ampara en el implacable imperio de la ley. Con sus principales dirigentes encarcelados para largo tiempo y el ex presidente Puigdemont goteando miedo bajo su esperpéntico traje de prófugo, a los que quedan, empezando por el títere Torra, pocas ganas habrá de quedarles para continuar su disparatada ofensiva contra el Estado de Derecho. Cierto que el separatismo atávico proseguirá su cruzada, que utilizará para sus fines todos los medios a su alcance, muchos de ellos permitidos o servidos con alevosía por el poder central, pero, de momento, tendrá que batirse en retirada. El partido que gobierna, aunque en funciones, ya no puede vacilar, al menos durante la campaña electoral, porque se juega la victoria. La cuestión catalana será, es, el epicentro del debate, el vil motivo que camufla los asuntos que más deben importar al grueso de la ciudadanía de cara a la convocatoria electoral del 10 de noviembre.

Pedro Sánchez ha obrado con enorme diligencia: ha pasado en un santiamén de la plurinacionalidad confusa a la España férrea y nítida. El presidente reclama el vota España para vencer a la decimonónica derecha dividida, confinar a la izquierda insurrecta de Pablo Iglesias y amilanar al furibundo secesionismo. Amenaza con aplicar el 155 o la Ley de Seguridad Ciudadana. Y lo hará si es imprescindible, y con menos carruajes de los que utilizó Rajoy, aunque aún confía en que su inocua receta desinflamatoria surta algún efecto. Por eso todavía no ha requerido formalmente a Torra que cumpla sus obligaciones constitucionales y deje de atentar contra España. Por ahí comienza la aplicación del 155.

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