XXIII Festival de Jerez | La Crítica 'Medea' La tragedia más flamenca

Imágenes del espectáculo 'Medea' de María del Mar Moreno Imágenes del espectáculo 'Medea' de María del Mar Moreno

Imágenes del espectáculo 'Medea' de María del Mar Moreno / foto © Miguel Ángel González (Jerez)

El mito griego y la tragedia se reúnen en ‘Medea’, la obra que, de la mano de Pilar Távora, llegó ayer al Villamarta, con el protagonismo pleno de la bailaora María del Mar Moreno. La jerezana es la pieza idónea para poner en escena una propuesta que aglutina teatro y flamenco y que narra las desavenencias de Medea y Jasón, un conflicto social cuya historia, pese a estar distanciada en el tiempo, guarda similitudes manifiestas con la época en la que vivimos.

Ahí radica el éxito de esta ‘Medea’, que a través de una cuidada adaptación de los textos de Eurípides al flamenco, se convierte también en una reivindicación social, una crítica, como bien recita Pilar Távora en su intervención final, a ese “cementerio de agua” que tenemos en nuestras costas, una herida que sigue abierta.

Távora imprime su filosofía teatral desde el primer momento, y actualiza su propuesta con proyecciones videográficas en las que también aparecen personajes, caso de Creonte y Glauce. Aunque la historia fluye conforme a una obra teatral, sí que es cierto que determinadas escenas aportan bien poco evitando así un ritmo un tanto mayor. Pero volvamos al espectáculo en sí. Siguiendo el mito, la obra se sustenta en una parte musical en la que Antonio Malena, Corifeo, su hija Zaira y Ana Real ponen el apartado cantaor, que discurre por una variada lista de palos y estilos, es decir, soleá, caña, seguiriyas, alegrías, martinetes, petenera y hasta una saeta, y que sirven para dar vida al baile de María del Mar Moreno, Medea, y Jesús Herrera, Jasón, mejor con los pies que con los brazos. El contrapunto sonoro lo otorga la joven marroquí Imán Kandoussi, una voz cautivadora que añade un aire andalusí al montaje.

Antonio Malena, sin brillar del todo, deja retales de su magisterio en algunos momentos, igual que su hija Zaira, a la que se le intuye ese gen de los Malena porque su cante llega. Lástima que en algunos momentos, el elevado sonido de las guitarras y la percusión impidió escucharlos mejor.

A lo largo de la obra, de hora y cuarenta minutos, María del Mar Moreno se mueve como pez en el agua en la dramatización, que ya vislumbró con aquel ‘Soníos negros’, pero que aquí subraya, creciendo en todos los sentidos. Además, en el baile, nos dejó destellos de poderío por soleá y por peteneras, y hasta cantando, con una letra por seguiriya que levantó los olés.

La estampa final que dibuja Távora es el sinónimo de la tragedia, que consagra Antonio Malena con una sentida Nana del Caballo grande.

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